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Espiral de violencia que no cesa

  • Mireille Roccatti

 

“unum et ídem”*
En los últimos días más acusadamente, pero desde hace unas semanas e incluso meses, hemos testimoniado un recrudecimiento de la espiral de violencia asociada a bandas delincuenciales del crimen organizado, que siguen sus actividades de narcotráfico, aunque su diversificación, los ha llevado a generarse ingresos mediante la extorsión, el cobro de derecho de piso, el secuestro o el robo de gasolina en los ductos de Pemex.

Esta última actividad muy presente mediáticamente pero que en realidad se viene realizando gran escala desde hace por lo menos 25 años. Los “Huachicoleros” que para un sector de la comentocracia resulta novedoso tiene décadas de existir, gracias a la connivencia o complicidad de personal de Pemex, de las policías o grupos de seguridad responsables de perseguirla y desde luego, nuestros ínclitos empresarios del ramo gasolinera que expenden gasolina robada. El volumen que se comercializa en pequeños tambos en orilla de carretera es mínimo, pero ha generado un “modus vivendi” para grupos sociales de bajos ingresos.

El hecho de que se busque erradicar este ilícito ante la inminente llegada masiva de expendios gasolineros de compañías extranjeras, detonó la relativa clandestinidad con que operaba y solo saltaban a los medios cunado explotaban ductos al ser ordeñados por inexpertos o con negligencia.

Hemos testimoniado asimismo, un alza en los enfrentamientos armados entre los diferentes cárteles de drogas, por el control de determinados territorios para la siembra, trasiego, fabricación y venta al menudeo que cada vez se vuelve más sangrienta. La violencia de este tipo, en ocasiones remite, pero vuelve a cobrar virulencia cuando muere o es detenido el “capo” dominante. Todo el territorio nacional sufre de esa violencia intermitente, en ocasiones episódicas, pero siempre larvada.

Es cierto que esta violencia es histórica y por lo menos desde hace medio siglo la hemos venido padeciendo, aunque si nos remitiéramos a realizar una revisión acuciosa la rastrearíamos hasta las primeras décadas del siglo pasado.

La violencia que nos ocupa, sin embargo, se salió de cauce y creció exponencialmente con la “guerra” que emprendió -así denominada por él mismo- el ejecutivo federal en diciembre de 2006. La cual carecía de táctica y estrategia y fue siendo librada a base de ocurrencias, que sus panegiristas a toro pasado buscan justificar, explicar o motivar. Los resultados hablan por sí solos. Se produjo un baño de sangre sin precedentes que enluto hogares, diezmo nuestra población juvenil, genero éxodos de poblados enteros y cancelo la esperanza de mejores condiciones de vida de miles de nuestros jóvenes.

En paralelo, el Ejército, esa institución republicana por excelencia, sufrió a su vez, la muerte de muchos de sus elementos, un desgaste social de su imagen por la conducta reprobable de algunos malos militares. Entre otros cuantos, permeó el cáncer de la corrupción y lamentablemente se presentaron reprochables actos de violación de derechos humanos.

Hoy algo que parecía imposible sucediera, aconteció. Un sacerdote fue atacado con arma blanca el interior de la Catedral, tras oficiar un servicio religioso. Los homicidios en contra de periodistas crecen y continúan impunes. Es urgente, hacer un alto en el camino, hacer una evaluación responsable de las políticas en materia de seguridad pública y replantearlas. Es necesario quebrar las inercias institucionales y ajustar las Políticas Públicas.
*Una sola y misma cosa