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Estados Unidos se convierte en un stán

  • Paul Krugman

  • Paul Krugman

En el 2015, a la ciudad de Ashgabat, la capital de Turkmenistán, la agraciaron con un nuevo monumento público: una gigantesca escultura, chapada en oro, del Presidente del país a caballo. Ello puede parecer algo excesivo; sin embargo, el culto a la personalidad es, de hecho, la norma en los países “stán” del centro asiático que surgieron después de la caída de la Unión Soviética, a los que gobiernan hombres fuertes que se rodean de reducidas camarillas de acaudalados capitalistas cuates.

Los estadounidenses solían encontrar divertidas las payasadas de estos regímenes, con sus dictadores de medio pelo. Sin embargo, ¿quién ríe ahora?

Después de todo, estamos a punto de entregarle el poder a un hombre que ha pasado toda su vida adulta tratando de construir un culto a la personalidad a su alrededor; hay que recordar que su fundación “de beneficencia” gastó mucho dinero para comprar un retrato de su fundador, de seis pies. Entre tanto, una mirada a su cuenta de Twitter es suficiente para mostrar que la victoria no ha hecho nada para saciar su sed de gratificación para el ego. Así es que podemos esperar muchos autobombos una vez que esté en el cargo. Yo no creo que vaya a ir tan lejos como las estatuas chapadas en oro, pero, de hecho, ¿quién sabe?

Entre tanto, dado que solo faltan un par de semanas para la toma de protesta, Donald Trump no ha hecho nada sustancial para reducir lo que no tiene precedente -o, como es bien sabido que escribió en Twitter, “sin presidente”-, los conflictos de interés creados por su imperio de negocios. Es bastante claro que nunca lo hará; es más, ya está, en efecto, utilizando el cargo político para enriquecerse con algunos de los ejemplos más desvergonzados que involucran a gobiernos extranjeros que están dirigiendo el movimiento hacia los hoteles de Trump.

Esto significa que Trump estará violando el espíritu, y se puede decir que la letra, de la cláusula de emolumentos en la Constitución de Estados Unidos, por la cual se prohíbe recibir regalos o ganancias de dirigentes extranjeros, al instante que recite el juramento del cargo. Sin embargo, ¿quién hará que rinda cuentas? Algunos republicanos prominentes están sugiriendo que, en lugar de hacer cumplir las leyes sobre ética, que el Congreso debería, simplemente, cambiarlas para adaptarse al gran hombre.

Y la corrupción no se limitará a los de hasta arriba: pareciera que el nuevo Gobierno estará empeñado en poner las autocontrataciones descaradas en el centro de nuestro sistema político. Abraham Lincoln pudo haber encabezado a un equipo de rivales, pero Donald Trump parece estar reuniendo a uno de amigos, al escoger a multimillonarios -con evidentes y profundos conflictos de interés- para muchos puestos clave de su Gobierno.

En resumen, Estados Unidos se está convirtiendo rápidamente en un “stán”.

Yo sé que muchas personas siguen tratando de convencerse de que el Gobierno entrante gobernará con normalidad a pesar de los instintos evidentemente poco democráticos del nuevo comandante en jefe, y la cuestionable legitimidad del proceso que lo llevó al poder. A algunos apologistas de Trump hasta les ha dado por declarar que no debemos preocuparnos por la corrupción de la camarilla entrante porque los ricos no necesitan más dinero. ¿En serio?

Pero seamos realistas. Todo lo que sabemos indica que estamos entrando en una era de corrupción épica y desprecio por el Estado de derecho, sin absolutamente ninguna restricción.

¿Cómo pudo pasar esto en un país que, de tiempo atrás, se ha enorgullecido de ser un ejemplo para las democracias en todas partes? En un sentido directo, la elevación de Trump se hizo posible por la desvergonzada intervención de la FBI en las elecciones, la subversión rusa y los abúlicos medios de información que atentamente exageraron los escándalos falsos, mientras enterraban los verdaderos en las páginas finales.

Sin embargo, esta debacle no surgió de la nada. Hemos estado en el camino hacia el “stanismo” desde hace mucho tiempo: un Partido Republicano cada vez más radical, dispuesto a no hacer nada para ganar y conservar el poder, ha estado minando nuestra cultura política durante décadas.

La gente tiende a olvidar qué tanto del manual para el 2016 ya se había utilizado en años anteriores. Hay que recordar que al Gobierno de Clinton lo asediaron con constantes acusaciones de corrupción, publicitadas obedientemente como grandes reportajes en los medios de información; ninguno de estos presuntos escándalos resultó involucrar ningún delito real. No fue por accidente que James Comey, el director de la FBI cuya intervención casi seguro cambió las elecciones, había trabajado antes en el comité Whitewater, que pasó siete años investigando obsesivamente una fallida transacción con terrenos.

La gente también tiende a olvidar exactamente cuán malo fue el Gobierno de George W. Bush, y no solo porque llevó a Estados Unidos a la guerra con base en falas pretensiones. También hubo un incremento en el amiguismo, en el que muchos cargos clave fueron para personas con dudosas calificaciones, pero con vínculos estrechos políticos y/o empresariales con altos funcionarios. En efecto, Estados Unidos echó a perder la ocupación de Irak, en parte, gracias a las ganancias excesivas de los negocios conectados políticamente.

La única cuestión ahora es si el deterioro es tan profundo que nada pueda detener que Estados Unidos se transforme en Trumpistán. Algo sí es seguro: es destructivo tanto como tonto hacer caso omiso del riesgo incómodo y simplemente asumir que todo estará bien. No lo estará.