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Estrategia y táctica (1-2) / Poder Nacional / Javier Oliva

  • Javier Oliva Posada

Londres. Muchas palabras, procedentes del pensamiento y profesión militares, desde hace mucho tiempo, han sido incorporadas al lenguaje cotidiano y sobre todo al quehacer político. Es muy probable que esto sea debido a la distorsión anacrónica que indica que hay que ver a la política como una extensión de la guerra. En algún tiempo sí la hubo, sobre todo, debido a la necesidad de imponer por la fuerza, la soberanía y unidad geopolítica para el surgimiento de la Nación.

A ese complejo proceso, que lleva al establecimiento y/o consolidación de un país, bajo la conducción de una guerra y sus batallas, es lo que originalmente se le conoce como estrategia. Así fue durante los siglos que van del XIV al XVII en Europa y después, a lo largo del XIX en América y que aún hoy, persiste en varias partes de Asia y África. En su raíz etimológica, la estrategia es la principal responsabilidad de un militar, con el grado de General.

La importancia de precisar los contenidos de los conceptos, sobre todo cuando de ellos derivan organigramas, descripciones de cargos, responsabilidades, leyes y reglamentos, presupuestos, programas y políticas, es que se hace indispensable delimitarlos. Con mucha frecuencia leemos y escuchamos discursos en torno a “decisiones estratégicas”; “nombramientos estratégicos”; “acciones estratégicas”; “programas estratégicos”; “estrategias electorales”. En realidad lo que pretende argumentar es que son: decisiones que se consideran, tienen un profundo impacto en la conquista (otro término militar) del objetivo. Pero no son estratégicas.

En el diseño de la estrategia se articulan todos los recursos disponibles para alcanzar el objetivo, mediante el menor desgaste o costo posible. Esto incluye por supuesto, a las debilidades del adversario o de las condiciones en las que se va a iniciar el curso de acción. Cada etapa está marcada por una táctica específica. Así, la estrategia para ganar un campeonato de futbol, radica en contar con insumos de calidad como son jugadores del alto nivel; reservas suficientes para todas las posiciones; identidad con los valores del equipo (tanto de los aficionados como de jugadores y directivos). Estas son las tácticas que en sí mismas, representan partes de la gran estrategia, pero que de forma aislada no pueden ser acciones “estratégicas”.

La estrategia en materia de salud pública o de política exterior en un Gobierno, pasa por tener claro el objetivo. A partir de los recursos disponibles, con una administración eficiente, apoyándose en ámbitos que aunque fuera de su estricta influencia, coadyuvan a lograr el objetivo estratégico. Desde luego que siempre hay inconvenientes, irrupciones y antagonismos, imprevistos. A estos imprevistos, se les responde y procesa con decisiones tácticas, para evitar que pongan en riesgo la continuidad de la estrategia, y por lo tanto, la consecución de la meta.

En función de esto, las decisiones estratégicas de ninguna manera pueden estarse adaptando a momentos o circunstancias. La lógica de los acontecimientos rebasa a una recurrente toma de decisiones que atiende a los imprevistos. La imprecisión termina por apoderarse de las prioridades originales. Hay un viejo principio administrativo que ilustra ese riesgo: cuando lo urgente sustituye a lo importante, se ha perdido de vista la meta.

Mario Benedetti, en su poema Táctica y estrategia, revela cómo estos términos son más profundos de lo que creemos, por eso mismo, debemos tratarlos con cuidado. Para no confundir los objetivos, ni confundirnos en la forma de alcanzarlos.

javierolivaposada@gmail.com