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Estrategia y táctica (2-2) / Poder Nacional / Javier Oliva

  • Javier Oliva Posada

Incluso en las Ciencias Sociales y en las áreas económico-administrativas, de unos años a la fecha, se ha popularizado el “pensamiento estratégico”, cuyas aplicaciones son tan amplías y diversas como la amplitud del término. En cambio, la táctica, a pesar de su importancia, ha corrido con menos suerte. Quizá por qué se le prejuicia como una decisión menor, con relación a la estrategia.

Sin embargo, para lograr un gran objetivo, en el cual va de por medio la viabilidad de una institución o de un Gobierno, son las tácticas las que proporcionan los elementos de evaluación, corrección y ajuste, para continuar en pos de la meta. Es decir, la táctica, en el día a día, es lo que permite asumir o reconocer los errores, que por cualquier razón se cometen. En cambio, confundir la táctica con la estrategia conduce a no enmendar el camino, pues cada decisión se asume como “determinante” y en consecuencia, impermeable a la aceptación de yerros.

Con frecuencia, se cree que precisar los conceptos, es perder el tiempo, pero como ya se apuntó, cuando estos tienen tan serias consecuencias e impactos en la vida diaria de millones de personas, los tomadores de decisiones se encuentran obligados a conocerlos. En México, para ilustrar esta yuxtaposición, puede revisarse el Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018, y en particular, la cascada de medidas aplicadas desde las aéreas de seguridad e inteligencia civiles, cuando con una frecuencia preocupante se aplican estrategias para Tamaulipas, estrategias contra el crimen organizado, estrategia para Acapulco y la seguridad pública, estrategia para la región de Tierra Caliente y así, muchas otras estrategias. Sin olvidar desde luego, la estrategia de política y relaciones exteriores.

Es muy evidente, que el uso indiscriminado del término, ha terminado por vaciarlo de contenido y sentido; tal y como le sucedió en una época reciente, al término “sociedad civil”. Su frecuencia hizo que al ser mencionado, se aplicara de forma extensiva a la expresión mínima de la reunión de tan solo dos personas. Y así, perdimos un recurso analítico de primer orden. Ahora, estamos en una situación parecida, pero cuyas consecuencias pueden ser más nocivas, en tanto se demuestra muy escasa disposición para analizar de manera autocrítica (y corregir lo necesario) lo que se ha denominado como la “estrategia de seguridad pública”, que de ninguna manera es nacional.

En la segunda parte del sexenio del presidente Enrique Peña Nieto, la táctica, la organización de los recursos a disposición, así como las consideraciones respecto de variables como son los cambios políticos en el Continente Americano, por ejemplo, tienen que ser incorporados en la estrategia de seguridad regional, que incluye a su vez la nacional y la pública. Son partes de un mismo proceso, y como tales deben ser tratadas. ¿Cómo distinguir entre las tácticas y la estrategia a estas alturas?

El tiempo es un buen aliado, si se le administra con prudencia; al final, es el recurso más importante. Las tácticas por lo tanto, deben partir de la muy probable finitud en su vigencia una vez concluida la presente administración. En cambio, la estrategia, sí que puede y tiene continuidad, sea quien sea la o el próximo Presidente de la República, pues la integridad, viabilidad y consistencia de la unidad geopolítica, social e institucional en condiciones de paz, no es un asunto de partidos políticos. Es de responsabilidad histórica y con la Patria.
javierolivaposada@gmail.com