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Ética ecológica / Felipe Arizmendi

  • Felipe Arizmendi

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En nuestra Diócesis, llevamos a cabo un curso de formación permanente, para estudiar, analizar y meditar la Encíclica del papa Francisco “Laudato si”, sobre el cuidado de la casa común, que comprende la hermana y madre tierra, la vida humana, que están en peligro por la destrucción de la naturaleza. Hace ya dos años realizamos un Congreso sobre la Pastoral de la Madre tierra, y asumimos esta línea de acción como prioritaria y transversal en nuestro servicio eclesial. Se han dado pasos significativos para cuidar la sufrida madre tierra, para evitar la deforestación creciente, para proteger los manantiales y los ríos; pero pareciera que es poco lo que ya hacemos en comparación con el monstruo apocalíptico del sistema económico y político que, con tal de obtener dinero, devasta todo a su paso. A los grandes capitales, lo que les mueve es obtener pingües ganancias, y no les importa dejar a su paso contaminación y destrucción. Les dan insignificantes migajas a los pueblos pobres, que se quedan más pobres de lo que estaban. Ante esto, no nos podemos quedar indiferentes, aunque nos digan que no nos metamos en estos asuntos. Nuestra pasión por Jesús se convierte en pasión por la vida digna de su pueblo.

Una señal clara de que no se detiene la destrucción de la selva y de las montañas, es que los ríos ya no llevan agua limpia, clara, con sus bellos colores chiapanecos entre azul y verde, sino que su color es café, chocolatoso, donde nadie se puede bañar y los peces no pueden sobrevivir. Y todo porque se tiran árboles, llueve y la lluvia arrastra buena tierra, que ya no se recupera; con el tiempo solo quedan piedras, donde nada crece. Ya no se dan ni el maíz, ni el frijol, ni el café, y la pobreza se agudiza, la migración no se detiene.

Pensar

Es necesario educarnos todos para un cambio ético en nuestro diario vivir, como dice el papa Francisco en su Encíclica “Laudato si”:

“La conciencia de la gravedad de la crisis cultural y ecológica necesita traducirse en nuevos hábitos” (209). “Solo a partir del cultivo de sólidas virtudes es posible la donación de sí en un compromiso ecológico. Si una persona, aunque la propia economía le permita consumir y gastar más, habitualmente se abriga un poco en lugar de encender la calefacción, se supone que ha incorporado convicciones y sentimientos favorables al cuidado del ambiente. Es muy noble asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas, y es maravilloso que la educación sea capaz de motivarlas hasta conformar un estilo de vida. La educación en la responsabilidad ambiental puede alentar diversos comportamientos que tienen una incidencia directa e importante en el cuidado del ambiente, como evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar solo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles, apagar las luces innecesarias. Todo esto es parte de una generosa y digna creatividad, que muestra lo mejor del ser humano. El hecho de reutilizar algo en lugar de desecharlo rápidamente, a partir de profundas motivaciones, puede ser un acto de amor que exprese nuestra propia dignidad” (211).

Actuar

No esperes que cambie todo el sistema social, político y económico del mundo. Lo que lo puede hacer caer son tus pequeñas acciones, como las descritas por el Papa, y practicar una ética ecológica. ¿Qué puedes hacer? Tú puedes cambiar el mundo.

+  Obispo de San

Cristóbal de Las Casas