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Evitar el “Feuderalismo”

  • Juan Antonio García Villa

  • Juan Antonio García Villa

Antes de la alternancia del año 2000, poco se previó sobre el comportamiento que tendrían los gobernadores de los estados al modificarse el sistema político. Lo que sucedió fue que incurrieron en los peores excesos de despotismo, corrupción e impunidad. Y no porque antes fueran bien portados ¿Qué fue lo que pasó?

La explicación no tiene mayor ciencia. Como bien se sabe, durante las siete décadas de la hegemonía priísta, los gobernadores fueron producto de la sola voluntad del Presidente para designarlos y removerlos. Pobre de aquel gobernador que osara insubordinársele, pues a partir de ese momento podía considerarse hombre muerto. Hasta que el modelo cambió con la alternancia, pero sin haberse tomado las previsiones pertinentes. Nació así el llamado “feuderalismo”.

En una República federal como la mexicana, los gobernadores de los estados son piezas clave. Subordinados o no al Presidente, su importancia es obvia. De manera natural son un elemento fundamental para la estabilidad política del país. Tan importante es su papel, que en el libro clásico “La democracia en México”, publicado hace poco más de medio siglo, su autor, Pablo González Casanova, expone una interesante tesis acerca de por qué, a diferencia de lo que sucede en otros países, en el nuestro no hay elecciones generales de gobernadores, sino que éstas se dan escalonadas en el tiempo.

¿A qué obedece ese escalonamiento cronológico? A una especie de seguro político para el Presidente saliente, pues al momento en que éste deja el cargo la (casi) totalidad de los gobernadores le son naturalmente adictos porque le deben el cargo; aunque saben que en nada podrán oponerse al presidente entrante, porque sería jugar con lumbre. Se establecía así un delicado equilibrio entre los presidentes saliente y entrante.

En la medida en que transcurría el sexenio y el presidente en turno iba nombrando a los nuevos gobernadores, su fuerza se consolidaba hasta alcanzar al final del sexenio el poder suficiente para designar a su sucesor. Así funcionó el sistema durante décadas.

Hasta que en el año 2000 la alternancia introdujo un elemento extraño en su funcionamiento. Al no sentir compromiso los gobernadores con el nuevo Presidente e intuir que nada les pasaría si relajaban la disciplina, por considerarse necesarios para el mantenimiento de la estabilidad política e influir sobre los legisladores priístas en la aprobación en las Cámaras de los proyectos legislativos de interés, terminaron por sentirse intocables. Y de aquí brincaron a los excesos de arbitrariedad, corrupción e impunidad que se les ha visto en lo que va del siglo.

¿Fallaron en este punto los presidentes de la República del periodo 2000-2012? Sí y no. No fallaron porque contuvieron la tentación, si acaso la tuvieron, de acudir a las prácticas del antiguo régimen para mantener, con manotazos autoritarios, la vieja disciplina priísta que los gobernadores de este origen seguían por mero reflejo condicionado.

Pero sí fallaron, ahora lo vemos, al no haber promovido y aun establecido incentivos para que los mecanismos constitucionales de control cumplieran su función. El tema queda aquí para otra entrega.