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Federico A. Ling Sanz Cerrada*

  • Federico Ling Sanz

Saber que no sabemos

Existe un ejercicio muy famoso y muy antiguo, llamado “Ventana de Johari”. Los que se dedican al estudio de la psicología, los recursos humanos y la sociología seguramente estarán familiarizados con ello. El ejercicio se utiliza para reflexionar sobre aquello que sabemos o no sabemos de nosotros mismos, y la idea es que nos demos cuenta de nuestras propias limitaciones. En ese sentido, esta herramienta resulta muy útil para un político, pues la primer cosa que debe saberse, es que uno, nunca, sabe todo. Por supuesto que esto no solamente se aplica a la vida política, sino también a la vida personal, laboral, profesional, sentimental, etc. ¿O acaso existe alguien que diga de sí mismo que lo sabe todo? No lo creo. Los seres humanos no tenemos nunca el conocimiento, la experiencia o la información total y perfecta. Como tal, somos seres limitados y la inteligencia radica en sabernos complementar y ayudar unos a otros.

Pero algo raro sucede en la política en general, más allá de las siglas y colores, de los ciclos y las elecciones, en donde muchos gobernantes y políticos no creen lo anterior. Estas personas piensan que lo saben todo, o quizá se imaginan que no necesitan preguntar nada a nadie, y que por ende, pueden gobernar a diestra y siniestra sin alterar el rumbo de las cosas. Pero nada hay más falso que esto. Si bien en las relaciones personales o laborales sería catastrófico pensar que somos perfectos y no necesitamos nunca nada de los demás, en la política, el Gobierno y la esfera pública, este sentimiento de omnipotencia resulta aún más peligroso y más ominoso, porque el daño puede llegar a ser mucho mayor.

El secreto de las cosas no está en saberlo todo; pensar de esa manera es una debilidad, precisamente. La fortaleza radica en admitir nuestra propia limitación, y en entender que debemos ser capaces de aceptar este hecho y buscar – en los demás – aquello que nos complementa. Pero la naturaleza humana, las relaciones de poder y la personalidad de los políticos y gobernantes, muchas veces generan sentimientos de autosuficiencia; y cuando eso ocurre, la catástrofe llega a ser peor. Luego entonces se hace importante considerar la personalidad propia al momento de elegir a las personas que nos habrán de gobernar. De ello dependerá la capacidad que tenga para admitir sus limitaciones, entender cuáles son las fallas, y actuar en consecuencia.

El peligro más grande no es alguien que sabe que tiene fallas, pero que a pesar de ello decide hacer su voluntad e imponer sus reglas. Eso se llama cinismo. Pero es peor aún aquel personaje que cree que no tiene fallas y que piensa que aquello que hace es lo mejor y lo que más conviene a todos. El riesgo no se encuentra en la desvergüenza de hacer lo que le plazca a uno, sino en el sentimiento de superioridad de quien cree que todo lo sabe, y que por ende, todo lo hace bien, porque entonces sí, no habrá manera de cambiar o de revertir un problema que surge desde la raíz.

El camino de la autorreflexión no siempre será sencillo, pero al menos las cosas serán muy diferentes si logramos entender que existen muchos asuntos que ignoramos, pero que siempre podremos buscar ayuda y consejo de quien sabe. Saber que no sabemos es la virtud más grande y más noble de un político y un gobernante, y es lo único que – como decía Aristóteles – nos separa de las bestias y de los dioses.

www.federicoling.com y @fedeling

*Maestro en Análisis Político y Medios de Información