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Fétido / Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

Al definir al hombre como animal político, Aristóteles precisaba dos ideas fundamentales. La polis es la unidad constitutiva y el espacio integral de la existencia. En la polis, casa del agregado humano por excelencia, los griegos veían el ambiente óptimo para la convivencia: el lugar dentro del cual podían podía vivir. Para que no se degradara, cada griego tenía la obligación de cuidar y renovar la polis: tanto el agregado humano como su territorio vital. De allí podría derivar la noción prístina contemporánea de la política en su mejor propósito existencial y en su capacidad potencial de integración social. La política es la tarea, el propósito, la obligación ineludible de quienes viven en la polis de redistribuir y renovar valores perennes, entendido como valor el objeto de las diversas y divergentes actitudes, necesidades, propósitos y deseos de los hombres que viven en la polis. El quehacer político lo concebían los griegos como el afán, el esfuerzo, el empeño humano por excelencia. Quien no colaboraba en la consecución de ese propósito -“el hombre no político”- era un hombre defectuoso inferior, un ídion, un ser sin sentido humano: un idiota.

El vivir en y para la polis era vivir útilmente en comunidad. Sociedad y política son una y la misma cosa. Y polis significa agregados sociales de cualquier dimensión. En la polis no hay megalópolis, ni Big Apple, ni pueblos, villorrios o asentamientos aislados. En la polis no hay hombres de dimensiones físicas ni posiciones públicas a quienes se les deba contemplar hacia arriba. Hay propósitos de colaboración constante entre todos quienes la habitan para conservarla, mejorarla. En La República a que se refería Platón en su texto de 380 AC se vivía en koinonía, en comunión de propósitos y en honestidad ciudadana, la cual incluía la conducta de los dirigentes.

La vida en comunidad transcurre en el mutuo acuerdo de colaboración, de interlocución y de cooperación.

En la Ilíada y la Odisea, Homero ratifica que el hombre puede enfrentarse y vencer a los dioses y diosas que habitan en el Olimpo. Lo que determina el resultado de la ordalía es la inteligencia, la capacidad de discernimiento de las salidas y la honestidad de cada parte sometida a la prueba. En toda situación crítica hay una ética y un derecho por el cual se enfrentan los contendientes.

El vilipendiado Maquiavelo, no cesó en su búsqueda de medios para garantizar el altruismo, la honestidad, la honradez, el equilibrio intelectual de quienes participaban en los quehaceres de las ciudades-estado renacentistas. Maquiavelo, con la colaboración de Guicciardini, buscó métodos para garantizar la honestidad de quienes llegaran a cargos públicos través del ejercicio del quehacer político, es decir, del quehacer primordialmente altruista de servir a la comunidad. Maquiavelo si lo practicó. En servicio siempre de quienes habrían de padecer el daño de una conducta antijurídica, culpable y punible derivada del ejercicio ruin del poder político, Maquiavelo padeció persecuciones y aislamientos. En soledad escribió los Discursos y El Príncipe, después de haber servido con eficacia a su polis florentina. ¿Habrá alguien o algunos que maquiavélicamente, es decir: arriesgando sus posiciones y aún su vida intenten servir a las polis mexicanas en la indispensable, ineludible redistribución perene de valores sociales que saneen el ambiente fétido de la corrupción que agobia a México?

Maquiavelo y Guicciardini propusieron elecciones por sorteo directo a la vista de los ciudadanos florentinos. Antes, cada aspirante habría demostrado ante sus futuros gobernados su honestidad privada y pública.