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Francia, ejemplar y paradójica

  • Eduardo Andrade

Francia se reafirmó como referente de la cultura occidental. Hubiera sido lamentable que la cuna de la Declaración de los Derechos del Hombre hubiese sucumbido ante la intolerancia y el racismo. El pueblo francés estuvo a la altura del reto que implicaba la elección de su presidente al derrotar contundentemente a Marine Le Pen, representante de la ultraderecha xenófoba. El 65 por ciento de los votantes se apartó claramente de ese proyecto que en el afán de satisfacer justas demandas insuficientemente atendidas por los partidos tradicionales, podría significar un grave riesgo para la democracia.

No solo en ese sentido resultó ejemplar la jornada del domingo, también es gratificante ver a un pueblo resolver civilizadamente la sucesión del poder y salir en jubilosa manifestación a apoyar al triunfador. En un escenario bien escogido para recordar la grandeza de Francia como potencia que aún conserva un sitio de gran importancia mundial, resultaba casi conmovedor observar a esa multitud delirante frente a la pirámide del Louvre, vitoreando a su mandatario. Igualmente gratificante fue escuchar los mensajes, tanto de la derrotada que admitía su condición de opositora vencida, como del triunfador que con humildad y solemnidad asumía la inmensa responsabilidad que le depositaron sus conciudadanos.

No obstante, lo promisorio de esos mensajes positivos enmascara problemas no resueltos por la contienda electoral, uno de ellos la muy profunda división de la sociedad francesa; por una parte un sector integrado por blancos pobres, desempleados y agricultores irritados, quienes manifestaron su inconformidad dándole a la extrema derecha más de un tercio de los sufragios; por la otra una sociedad urbana, más educada y cosmopolita que apoya la permanencia en la Unión Europea y la búsqueda de soluciones económicas que no aíslen a su país del resto del mundo. En ese sentido quedó claro que la población gala no apoya una salida de la Europa unida.

De manera que una primera conclusión conduce a constatar que los franceses saben perfectamente lo que no quieren: ni aislamiento, ni métodos cercanos al nazismo, ni el tradicional establishment partidista. Ese rechazo explica el aglutinamiento en torno a la figura del joven candidato que supo despertarles la esperanza; pero lo que no han definido aún es lo que sí quieren. La fragmentación del voto en la primera vuelta es muy reveladora. A Macron lo apoyó poco menos de un cuarto de quienes fueron a las urnas. Los demás, que no querían a Le Pen, tampoco lo aprobaban porque con toda su juvenil frescura, su política no podrá apartarse de las fórmulas neoliberales que lo acompañan desde su formación en el sistema bancario. El ala izquierda, que apoyó a Melenchon, condenó con igual severidad a los dos finalistas. Un buen número de conservadores que no sufragaron por Macron en la primera vuelta pensaban, quizá con razón, que era preferible una figura más experimentada y con apoyo parlamentario, que lanzarse a la aventura de un liderazgo ejercido por quien nunca antes había recibido un solo voto popular.

La segunda vuelta, que parece darle un gran respaldo, es engañosa. Salvo que consiga el milagro de postular partidarios suficientes para alcanzar una mayoría en la Asamblea Nacional, que se elige el mes próximo, lo más probable es que los partidos tradicionales predominen en ella y no resulte fácil unificar políticas que den viabilidad a la administración del flamante presidente. El tiempo aclarará el panorama… o lo obscurecerá.
eduardoandrade1948@gmail.com