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Francia: libertad y seguridad; seguridad y libertad / Poder Nacional / Javier Oliva

  • Javier Oliva Posada

PARÍS. Pasaron exactamente 15 días, del 11 al 26 de noviembre, para que el presidente de Francia, François Hollande, respaldado por todo el espectro político, ideológico y partidista, respaldara la decisión de aplicar por tres meses el “Estado de Emergencia”. Esta decisión, contemplada por la Constitución, no se aplicaba desde la guerra en Argelia a inicio de los años 60 del siglo pasado.

Ahora, ante datos consistentes y evidencias, el primer ministro, Manuel Valls, anunció en varias de sus participaciones en el Foro de Davos, que se ampliará por otros tres meses el Estado de Emergencia e incluso señaló, que él consideraba apropiado decretarlo de forma indefinida hasta que no se hubiera derrotado al Estado Islámico de Siria y Levante. Es del todo comprensible, la enorme polémica y preocupación que despertó dicho pronunciamiento. Veamos en qué consiste el Estado de Emergencia en Francia y sus consecuencias en la democracia no solo en ese país, sino en el mundo.

Son cuatro las principales medias. La primera, es que permite a las fuerzas de orden, sobre todo a las policías, introducirse a casa o cualquier otro tipo de construcción, sin mandato judicial. Esto debido a que en ese hipotético lugar, hay indicios de actividades que fomentan o toleran a los integrantes de organizaciones terroristas. La segunda medida, también sin que medie una orden judicial, se puede detener e interrogar a personas o ciudadanos franceses que tengan claros vínculos con las organizaciones que promueven la violencia extremista.

La tercera medida, es la restricción al derecho de manifestación. Esto porque las autoridades argumentan, pueden ser eventos de relativamente fácil exposición para cometer un atentado. Pero también, para inhibir las expresiones de intolerancia, sobre todo a las minorías musulmana de Francia, que hoy representa casi, el 10 por ciento de la población. La cuarta y última, alude al endurecimiento de las medidas para la entrada y salida de personas y mercancías a los territorios, es decir al continente europeo y a las posesiones de ultramar. Como se puede observar, las condiciones en que ahora viven los franceses, que de forma valiente y decidida han enfrentado el miedo y la desconfianza.

En París, ya en horas de la noche, se observan discretas unidades de policías, que en grupo, se desplazan por la calles de la capital del país. También, el notable descenso de turismo ha teñido efectos negativos en todos los negocios que tienen que ver con esa fundamental industria. Hasta aquí, todo parece ser el resultado lógico y entendible de los atentados del 6 de enero y del 13 de noviembre del año pasado. Sin embargo, las consecuencias, serán muy importante en el corto y largo plazo.

La primera y más destacada, es que la conquista de la seguridad desplaza a las condiciones de libertad (y libertades) que es básica y determinante para que la democracia sea funcional y capaz de procesar los conflictos y tensiones sociales. Optar por suprimir –aunque sea de manera momentánea- algunas de esas libertades ciudadanas y garantías individuales, indica que la autoridad con toda sensatez, reconoce que requiere del apoyo de la sociedad al sacrificar parte de sus conquistas históricas. La violencia, en ese sentido, se ha impuesto a las instituciones civiles, leyes y ciudadanía. Si la respuesta del Estado es proporcional e incremental, la sociedad en Francia y su sistema político, le ha dado al presidente todo su apoyo.

El Partido Socialista Francés en en poder, viene de una grave derrota electoral en diciembre. No obstante, por la determinación adorada, al Gobierno le importa más la seguridad de sus ciudadanos e infraestructura, que ganar elecciones. No está mal.
javierolivaposada@gmail.com