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Francisco / El Agua del Molino / Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas

La visita del papa Francisco a México tiene varios aspectos relevantes. Dando por descontado que el ilustre personaje no debe intervenir en los asuntos internos del país, que solo competen a éste, no hay duda de que su mensaje de paz es de una importancia sobresaliente habida cuenta de la violencia que nos acosa. Violencia generada por el narcotráfico, crisis del Estado de Derecho con graves repercusiones en la procuración y en la impartición de Justicia, corrupción en espacios importantes del Gobierno y de la sociedad en general. No hemos podido remediar o enfrentar desde hace mucho tiempo, y hablando en términos oficiales desde hace muchos sexenios, el decaimiento de la moral pública y privada. Para muchos la proximidad con la potencia del norte, Estados Unidos de Norteamérica, ha traído como consecuencia el enflaquecimiento de nuestras tradiciones, de las raíces de nuestra cultura. En este sentido ha sido constanteel choque de dos estilos de vida, de dos percepciones de la existencia. Cada uno en su momento y en su tiempo ha dejado honda huella en la humanidad, siendo lo grave, sin embargo, la imposición de uno sobre el otro. Es claro al respecto que ha contribuido a ello el auge del capitalismo junto con la sociedad de consumo, manipulando conciencias y modos o maneras de vida. El hecho concreto, pues, demuestra que nuestra personalidad social se ha diluido. Basta con leer revistas o algunos libros, con ver películas y sobre todo la televisión, para constatar entre nosotros la pérdida o la usurpación de valores.

México es un país disímil, complejo, con una vasta riqueza étnica, lo cual implica variedad de temperamentos y carácteres. No presentamos una sola cara sino diversas, cada una con sus aspectos positivos y negativos, con sus debilidades y flaquezas. En tal virtud fortalecer nuestra unidad ha sido un reto enorme. En este orden de ideas hemos sido blanco fácil de apetitos colonizadores que desde fuera nos han atacado, y de otros apetitos turbulentos que desde dentro se han aprovechado de nuestra debilidad, digamos que de nuestra inconsistencia orgánica. Si juntamos los distintos elementos a que me vengo refiriendoveremos un país que al margen de su inmensa riqueza cultural, adormecida, desperdigada y en ocasiones desperdiciada, es apetecible para toda clase de turbulencias. Así las cosas Francisco tendrá un terreno fértil donde sembrar. El jesuita que hoy dirige el rebaño de la cristiandad, en concreto el católico, proviene de un país, Argentina, que no tiene nuestras características. Pero su mensaje de solidaridad humana y de amor puede romper barreras y vencer obstáculos. En el sedimento de nuestra compleja masa cultural hay semillas que todavía no brotan ni fructifican. Y él, Francisco, puede y debe regar ese terreno. El Papa ha dado pruebas, aparte de la Iglesia que preside, de suyo conservadora, de un lúcido espíritu liberal. No es un Papa demagógico sino comprometido con una idea de cambio, de transformación, de renovación. Entre nosotros pisará un terreno convulso, agitado, con trampas en que se puedecaer muy hondo. Pero él ha dado muestrasde una buena fe creciente. Hay que oírlo, tratar de entender su mensaje y asimilarlo. Su palabra puede ser redentora en el sentido de que despierte conciencias adormecidas por la apatía de la resignación. Palabras que, vengan de donde vengan, son necesarias, imprescindibles en un país que ha perdido la fe en muchas cosas. Ya se sabe que algunos políticos, aprovechando la visita, irán hasta el altar de Santo Tomás Moro, su patrono, para darse golpes hipócritas de pecho. Otros, en cambio, blandirán la bandera del liberalismo para protestar por la visita. La verdad es que ambos son parte de un concierto de inconformidades y dudas, de soberbias un poco a destiempo. Ojalá Francisco invoque al gran santo de Asís y despeje rencores haciendo que prevalezca la palabra del amor, única que todavía no se asimila plenamente.