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Francisco I. Los riesgos de innovar / Una tras otra / Jaime Alcántara

  • Jaime Alcántara

Por Netflix se puede encontrar uno más de las muchas versiones del Papa Alejandro VI, más conocido como Rodrigo Borgia (Borja, en español). Para los efectos del sensacionalismo, como procede, la serie busca el efectismo, la fábula, el morbo, la comedia.

Si bien es cierto que aquel hizo y deshizo a placer (eran los tiempos del absolutismo), nadie puede negar sus habilidades, las que, por supuesto, nunca se pondrán en un filme que pretenda ser exitoso. Todo lo de los Borgia será negativo, pecaminoso, escandaloso. Vale, sin embargo, una anécdota (quién sabe si sea cierta), para entender aquella estirpe que tanto dolió a los romanos de ese entonces.

Se dice que, en la tumba de Lucrecia, hija del Papa, se halló un epitafio que decía: Aquí yace la que supo ser esposa, nuera e hija. Bueno.

Al igual que otro de los villanos favoritos del medioevo, Nerón, a Alejandro VI siempre se le han negado sus méritos. Si bien fue beneficiario, en alguna forma, de su tío Calixto III, no sería sino hasta dos Papas después, cuando ocuparía el solio pontificio. Y no hubiera sido posible sin talento, sin capacidades, para remontar a quienes sucedieron a su célebre pariente. En fin.

Lo cierto, también sujeto a debate, investigación, inclinaciones, es que la incriminación bárbara que se hizo de ese Pontífice fue para que en los sucesivos cónclaves, para elegir nuevo sucesor de San Pedro, no se les ocurriera volver a elegir a uno no romano. Y eso ocurrió en los consecutivos Sínodos, si no me falla la información, hasta Karol Wojtyla (Karol Józef Wojtyla) o Juan Pablo II, en octubre de 1978.

Sin embargo, no sería, sino en la asunción de Jorge Mario Bergoglio Sívori (Francisco I) cuando se rompería la tradición de un Papa no europeo (hubo uno en el primer milenio; sirio, para mayores detalles).

Pues bien. El nuevo Vicario de Cristo, argentino, ha hecho una verdadera revolución en la Iglesia. Esta institución, como la de las Fuerzas Armadas, como es entendible, no puede ser innovadora, vanguardista, de avanzada. Ellos se van adecuando a la sociedad. Por eso, el tiempo en los espacios que aún les pertenecen. Así, es necesario reconocer lo que está haciendo. Otro en su lugar, lo pensaría quién sabe cuántas veces.

De entrada, en su natal, se le conocía como conservador, al estilo de su antecesor, Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), quien fuera el titular de la nueva versión de la ¿Santa? Inquisición o prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe.

Las determinaciones son de todos conocidas. Sus hechos van desde la sacudida al Banco Ambrosiano, propiedad del Vaticano (lo que nos hace recordar a Juan Pablo I, de efímera gestión), hasta el pedir perdón y castigar los pecados de pedofilia que sacudieron al mundo, pasando por la posibilidad de reivindicar a los divorciados y aceptar temas como el homosexualismo.

Periódicos como el Quotidiano Nazionale, L’Osservatore Romano y Repubblica han dado de qué hablar en estos últimos días, hasta sugerir una posible conjura en su contra, lo que nos hacer recordar precisamente el misterioso fallecimiento de Juan Pablo I.

Hay una película relacionada al caso. Se llama: Monseñor. Quizá, parte de ficción, parte de realidad, el guión nos da algunas referencias del por qué el Papa pudo ser retirado de este mundo. Desde su sonrisa, la aversión al báculo, símbolo del poder, y su investigación del banco, la posible conclusión sea que hay mucho de verdad.

Ahora, con tantas reformas, el Sumo Pontífice posiblemente pueda estar en un real peligro.

jaimealcantara2005@hotmail.com