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Galopante desigualdad vigoriza al populismo

  • Alejo Martínez

El economista más importante del siglo XX, John Maynard Keynes, hacía notar algo que, desde entonces y más todavía en la perspectiva actual, resulta de la mayor relevancia. Sostenía que los dos principales defectos del Sistema Capitalista se encontraban en su tendencia a concentrar tanto la riqueza como el ingreso y en que no podía garantizar el pleno empleo. Keynes tenía mucha razón: esas dos graves deficiencias se han venido acentuando de forma cada vez más amenazante por la explosividad social que generan.

Existen muchos elementos que constituyen pruebas de esta tendencia, evoquemos aquí solo uno que clama porque le pongamos atención y nos propongamos darle solución. La reconocida ONG Oxfam ha difundido un dato sumamente impactante: el que, en el año 2014, tan solo 85 personas en el mundo detentaban la misma riqueza que unas tres mil 500 millones de personas, o sea, la mitad de la humanidad de menores ingresos. En promedio cada uno de ellos poseía lo mismo que 41 millones 176 mil 470 personas, lo que equivaldría a decir que bastarían 3 de esos multimillardarios para cubrir el mismo capital que poseen el número de habitantes de nuestra República.

Para volver todavía más dramática esa estadística, la Oxfam reveló que para enero de 2015 ya no se necesitaban 85 sino tan solo 80 para cubrir la riqueza de la mitad más pobre de la humanidad. El dato permite apreciar la tendencia creciente a la concentración de la riqueza y del ingreso a pesar del muy breve lapso transcurrido. Esa brutal y progresiva desigualdad se ha convertido en el terreno idóneo, el más fértil para que germinen con extraordinario vigor los movimientos de corte populista por más irracionales o descabelladas que sean sus plataformas o promesas de gobierno. O quizás, entre más descabelladas e irracionales, mayor atractivo e impacto obtendrían.

El imperativo de mitigar esa tan brutal como galopante desigualdad económica, de imprimirle alguna racionalidad, resulta de tal urgencia que lo podemos apreciar en el enorme prestigio que se ganan los líderes o movimientos que invocan y apelan a polarizar a los países, dividiéndolos tajantemente en su discurso político entre los explotados y los explotadores, entre los pobres y los ricos, el pueblo y la mafia del poder u otras fórmulas similares.

Un rasgo fundamental del populismo radica en impulsar esas concepciones maniqueas, de manera que quienes se identifican así del lado de los buenos que luchan contra los malos, han logrado conseguir un deslumbrante prestigio social y un sorprendente blindaje que los protege de las más graves irracionalidades, abusos, latrocinios, engaños, torpezas y errores en que pudieran incurrir.

El caso del gobierno chavista y en particular del dictador Nicolás Maduro, es paradigmático de este fenómeno. A pesar de que el presidente Chávez, capitalizando la bendición del auge petrolero, logró momentáneamente una sobresaliente reducción de la desigualdad económico-social, un estudio de tres prestigiosas universidades venezolanas ha mostrado que hoy la pobreza en su país ha alcanzado un nivel fuera de toda proporción: ¡82%! Cuando antes del régimen chavista, en 1998 era de 48%. Con un desempeño tan deplorable, cualquier gobierno de corte neoliberal habría estallado estrepitosamente desde hace años. ¡Urge corregir la abismal desigualdad!

amartinezv@derecho.unam.mx

@AlejoMVendrell