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Gemelos en pugna

  • Pedro Peñaloza

“La acción revolucionaria, muy a menudo, fue una concesión teatral a los deseos de las masas violentamente descontentas más que una batalla real por el poder”.

Hannah Arendt

1. Se funda el PRD. Después del sonado y comprobado fraude electoral de 1988, en 1989 lanzamos la convocatoria a formar el nuevo partido. Los firmantes de aquel desplegado éramos portadores de distintas historias, había de todo: priistas, arrepentidos y rencorosos; trotskistas, de distintas vertientes; maoístas, de múltiples capillas; estalinistas y eurocomunistas, con matices y énfasis diversos; centristas/abstencionistas; guevaristas de ocasión; y los oportunistas de siempre. Era un proyecto orbital que tenía como centro de gravedad a Cuauhtémoc Cárdenas, después de todo él agrupó a millones de ciudadanos descontentos y esperanzados que lo veían como la alternativa política ante la dilatada crisis del sistema de dominación. Así, la vida partidaria se rigió por los dictados del nuevo Tlatoani. No se tomaba una decisión sin su consentimiento. El hijo del general, como todo caudillo, conformó un grupo de incondicionales y seguidistas que operaban en su nombre. El pequeño grupo no solo era de expriístas, también se sumaron quienes en el pasado se ostentaban como antiautoritarios y críticos. Me refiero a un par de trotskistas, a un grupito de editores de una revista radical y otros que se decían herederos de la guerrilla en México. Todos actuaban como verdaderos burócratas acríticos a las decisiones de Cárdenas.

2. Una lucha política sin programa. El PRD se concentró en preparar la segunda candidatura de Cuauhtémoc. Toda acción estaba encaminada a ello, lo que implicaba no mantener ninguna relación con el “espurio” de Carlos Salinas. Esto incluía a todos los miembros de su gabinete, aunque habría que subrayar que los más “radicales” del Sol Azteca, básicamente provenientes del llamado movimiento popular e inquilinario, eran controlados por el regente de la ciudad, Manuel Camacho, quien mediante canonjías y concesiones de vivienda y terrenos, manejaba el ritmo de las movilizaciones de la capital. De esta manera, el discurso deslindista fue desdibujándose y se convirtió en una ficha de cambio y de chantaje interno. Como se sabe, después Camacho -por esas ironías de la historia- se convirtió en un activo militante del PRD y hasta reconocido ideólogo. Mediante esta lógica, el partido evitó tener discusiones políticas internas, no importaba el análisis ni las variables de la coyuntura social y económica. Cero discusiones programáticas.

3. El alumbramiento de AMLO. Cárdenas, fiel a la tradición autoritaria, destapó (en el viejo cine Ópera) a López Obrador como el próximo dirigente del partido. Ese fue el punto de inflexión para que la bufalada se volcara alrededor del tabasqueño. Cuauhtémoc dio la señal y había que acatarla. El ADN priista se consolidó en las venas del PRD. Los méritos de Andrés Manuel eran escasos y locales, un dirigente sin muchas luces pero arropado por la bendición cardenista. De esta manera, nació el personaje que hoy tenemos. Jefe de Gobierno mediocre, impulsor de medidas punitivas, aliado de la iglesia católica y de Slim.

López Obrador, una vez que gobernó la ciudad y dirigió al partido, descubrió que no podía habitar con quienes no obedecían fielmente sus dictados, y emigró a formar su propia iglesia, ahora llamada Morena, que tiene como principio básico obedecer sin límites sus dictados. Igual que en el PRD, cero discusiones programáticas. Se reprodujo el mismo modelo de partido en donde lo único que importa es la “palabra del señor”. Esta breve revisión busca comprobar que ningún cambio estimulante le puede esperar al país con este remiso esquema de ejercer el poder. Traumático futuro.
pedropenaloza@yahoo.com

@pedro_penaloz