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Género y Corte / De Justicia y Otros Mitos / Sergio Arturo Valls Esponda

  • Sergio Valls Esponda

Un ciclo de la Suprema Corte de Justicia se da por concluido con la salida la semana pasada de los últimos dos ministros que permanecían de aquella primera conformación de ministros que dieron origen a la novena época y que lograron que el Poder Judicial asumiera una relación de paridad con los otros dos poderes y un prestigio institucional de los que carecía antes del decreto del 31 de diciembre de 1994.

Resulta paradójico que fue una expresión del más absoluto presidencialismo lo que dotó de autonomía e independencia al Poder Judicial. Ocurrió después de un conflictivo y convulso 1994 que inició con una nueva y prometedora visión del futuro por la apertura al libre comercio con América del Norte que contrastó con una revuelta en el sur del país que nos recordaba nuestro pasado indígena y las desigualdades existentes. Fue también el año en el que atestiguamos el final de un sistema político que había iniciado con el asesinato de un político sonorense y de la misma manera concluía. De Obregón a Colosio.

Tan complejo fue ese 1994 que, antes de rematar con una profunda crisis económica, se vivió un colapso en el Poder Judicial como en ningún otro momento de la Historia moderna del país. De un plumazo y con el beneplácito de la mayoría del Senado, el presidente Zedillo separó de su encargo a los 26 ministros que conformaban la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Para decirlo claro: desapareció al Máximo Tribunal del País. Aunque es más prudente hablar de la renovación o reforma al Poder Judicial Federal.

La Constitución fue reformada y se decidió volver a la integración original de 11 ministros. Entre otros radicales cambios, se modificó el modelo de designación de ministros. Se estableció un sistema de ternas para la renovación de aquellos primeros ministros que se eligieron de entre una lista de 18 nombres que envió el Presidente de la República al Senado y que irían saliendo en forma escalonada cada tres años a partir del 2003.

Una sola mujer integró la nueva Suprema Corte, Olga Sánchez Cordero, quien se despidió el pasado lunes. En estos 20 años solo una mujer más se ha integrado, Margarita Luna Ramos. Ante el hecho de que algunos senadores del PRD hicieron pública su intención de solicitar al Pleno del Senado se rechace la terna de mujeres y se solicite al Ejecutivo enviar una nueva, vale la pena hacer un fugaz análisis de la presencia de mujeres en la renovación de la Corte.

Tomando en cuenta las dos ternas que están en las manos del Senado, se han enviado al mismo un total de 16 para ocupar 12 vacantes en la Corte (9 por concluir su periodo y 3 por fallecimiento). Hasta la fecha existen 4 ternas rechazadas. Respecto del género de quienes han integrado las 16 ternas, es decir de los 48 candidatos a ministros, 28 son hombres y 20 mujeres. La primera impresión es que en términos de candidaturas la desigualdad no es escandalosa. Cabe decir que en más de una ocasión se han repetido candidatos o candidatas.

En nueve ocasiones las ternas han sido mixtas, ya sea una mujer y dos hombres o dos mujeres y un hombre. En ninguna de las nueve se ha nombrado a una mujer como ministra. En tres ocasiones, considerando la actual, las ternas se han integrado únicamente por mujeres. Una ya fue rechazada y en otra se nombró a la actual ministra en funciones. La tercera habrá que ver que suerte corre.

Lo deseable es que se nombre a otra mujer. Las integrantes de la terna cumplen sobradamente con los requisitos constitucionales. Es injusto sacar conclusiones definitivas o hacer un juicio de una trayectoria profesional a partir de las comparecencias de un par de horas en el Senado. Quienes hemos estado atentos vemos en la Magistrada Norma Piña a la candidata que mejor perfil tiene para la difícil tarea que representa incorporarse al Tribunal Constitucional de la
República.