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Granada

  • Pasos de Diamantina: Lorena Avelar

El otoño es protagonista en estos silencios y a estas horas. El Sol se asoma después de tanto tiempo de grises y negros que ya parece casi un milagro. Siempre vuelve el preludio por mucho que las sombras dominen el cielo. Hoy siento que en medio de tanta luz ya no veo sombras.

Granada se ilumina con colores que brillan ante los rayos radiantes del astro dominador. Está lejos de mí, a gran distancia, solo la mente recrea su fachada. Me siento dormida y con el alma extraviada, perdida, en cualquier parte, en cualquier lugar, con el corazón agotado de tanto latir sin miedo. No me importa estar lejos, porque lo que descubro es que no hay nada de lo que alejarse, porque la lejanía se convierte en relativa, cuando no existe nada de lo que separarse.

Granada me aguarda, me espera con su nocturnal irremediable. Esta ausencia es un mensaje de síntomas y emblemas. Yo lo siento humanizado e invisible, en la artesa de mi voluntad, como un ciervo escondido que a veces se insinúa. La noche se hace íntima en el río del alma que discurre entre guijas sensitivas, moldeadas de piedad. Cuando se quiebre su cristal o su pantalla, el estallido del trueno de la aurora invadirá la piel oscura del sentido. Pero, de momento, se encierra en el caparazón de la distancia. Granada es imperial entre el pueblo en germen: pasado de palacios luminosos, de ríos encendidos, de valles incansables y calles de voces elocuentes. Ahora, de pronto, se detiene el sueño del aire para idealizar paraísos de arquitecturas ingrávidas. Camino sin fin hacia la cita eterna en una sonata y fuga de soles que se muren en los días donde el amor resiste el suicidio de la caricia ausente.

Granada de cicerones dorados sobre nubes errantes… La noche ilumina el empedrado; mientras los basureros observan, desde las colinas. Caminos de gladiadores rubios con plásticos en los ojos tras los cristales de los espejos de los automóviles. Huele a domingo de sueño, a noche de amor, a madrugada de cantar viejas melodías de épocas obsoletas. En la plaza sigue lloviendo mientras el candelabro de los nueve brazos ilumina las villas, ahora apagadas por el sueño. Con Pasos de diamantina me retiro, al otro lado del tiempo y de las horas… La urbe sigue durmiendo…