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Guerra y religión / Blanca Alcalá

  • Blanca Alcalá

Las grandes tradiciones religiosas tienen en común la promoción de la tolerancia, la confianza y la paciencia, aunque sus líderes muchas veces no actúen de esa forma. Así, el catolicismo, el budismo, el hinduismo y, sin duda, el islamismo promueven entre sus fieles ser buena compañía para las personas de su entorno, e incluso consideran una buena idea predicar con el ejemplo.

Es de señalarse que ninguna de las grandes tradiciones religiosas pregonó alguna vez el uso de las armas ni blandirlas en contra de otra religión. Incluso, el Bagabad Gita, libro santo de la tradición védica, es un relato sobre una gran batalla que, en realidad, es una metáfora de la lucha entre el bien y el mal.

Por ello, resulta paradójico que un discurso que procura la paz entre los hombres haya sido motivo de tantas guerras a lo largo de la historia o que las diferencias religiosas generen tanto odio entre pueblos y civilizaciones y, que bajo el calificativo de infieles, se cometan crímenes de barbarie inhumana.

Es de señalarse que toda colonización, invasión o exterminio ha sido impulsada por la ambición y la codicia de los hombres, no de las religiones. Es resultado de esa necesidad incontrolable de concentrar poder sobre los demás, ya sea bajo la forma de dominio ideológico, económico, territorial, de esclavitud o de apropiación de recursos. Apropiarse de lo ajeno es, en realidad, el oficio más antiguo del mundo.

Este es el caso de las atrocidades de grupos extremos que, bajo el pretexto de la voz de Alá, realizan actos de barbarie a diestra y siniestra en diferentes regiones del mundo. Y hay que señalarlo: no es un mecías el que guía sus actos, sino un líder mesiánico con capacidad militar que dirige una organización autoritaria: llámese Abu Bakr al-Baghdadi, Boko Haram o yihadistas argelinos.

El secuestro de más de dos mil niñas y mujeres en Nigeria, el fusilamiento de niños y jóvenes por parte del llamado Estado Islámico, el ataque con gas mostaza a la población civil de Siria, así como la persecución de que son objeto muchas comunidades cristianas por parte de yihadistas en el Continente Africano no son resultado de creencias religiosas, sino de desviaciones ideológicas que, bajo el pretexto religioso, promueven el terrorismo a nivel mundial.

En el tiempo, hemos aprendido que es posible la convivencia de las religiones: el Islam asimiló a la tradición Sufi; algunas expresiones de la santería conviven con tradiciones católicas en diferentes partes de América; el hinduismo y el budismo comparten prácticas espirituales. Todo ello, en santa paz bajo una perspectiva ecuménica.

Los lamentables ataques a la capital francesa del 13 de noviembre son, por una parte, consecuencia de la guerra civil en Siria, como represalia ante las acciones del grupo de países aliados que han contratacado el avance militar del ejército islámico en la región. Pero también, son consecuencia de las diferentes formas de fundamentalismo intolerante que, en esta época y en ese lugar, han adoptado al Islam como su discurso, pero como expresión de la violencia han existido a lo largo de la historia de la humanidad de diferentes formas: la inquisición, el kukuxclán o el nazismo, entre otros.

Más allá de eso, el significado del ataque a París, ciudad emblemática de la libertad y la tolerancia, expresa el riesgo que representa para la democracia y los derechos humanos, la capacidad de movilidad de los estados autocráticos o teocráticos, sobre todo, cuando tienen militantes y adeptos dispuestos a cambiar su vida por la de otros en el nombre de una misión que poco o nada tiene que ver con la religión.

De hecho, grupos como Hamas y Hezbollah, dos organizaciones radicales del mundo árabe, condenaron los ataques del ejército islámico al grado de repudio porque saben del daño que a nivel internacional causará esta actitud irracional a la población musulmana que reside en diferentes regiones del planeta.

Y sin duda, no faltarán líderes de ultraderecha que propongan acabar con el estado islámico hasta sus últimos cimientos por la vía militar, sin importar la gran cantidad de civiles que han sido víctimas de la ideologización forzada de parte de ISIS o de corrientes yihadistas.

En una democracia plena, ninguna religión es más importante que otra, todas son iguales por naturaleza ante el Estado y constituyen formas respetables de organización de la sociedad. El laicismo es una de las formas de Estado característica de las democracias porque constituye una forma de garantizar la libertad más allá de las elecciones individuales de los ciudadanos.