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Hanks, el caballero sin espada

  • La moviola/ Gerardo Gil

En una escena de Mr. Smith Goes to Washinghton (Frank Capra, 1939) el atarantado pero noble congresista “Jefferson Smith” (James Stewart) defiende ante el Congreso norteamericano sus ideales, que lo han llevado a parecer un loco ante sus pares, los representantes del pueblo.

Es la parte climática del filme –uno de los más emblemáticos dentro de la filmografía de Capra- y del cine que alimentó los ideales norteamericanos a finales de los 30 y principios de los 40.

Es también la narrativa del ideal norteamericano y el héroe manifiesto. Stewart da rostro a la conciencia crítica estadunidense de la primera mitad del siglo XX, pero que nunca rompe con el sistema y de hecho, lo legitima.

Y esa misma trayectoria ha seguido Tom Hanks, con su arquetipo aparentemente liberal y dulzón, que pretende dar rostro al estadunidense medio. Ese papel en el fondo es el que representa en Sully, Hazaña en el Hudson (Clint Eastwood, 2016). El filme, basado en un hecho real, cuenta la historia del piloto Chelsey “Sully” Sullenberg, y el acuatizaje del vuelo comercial que piloteaba –el 1549 de Airways- en pleno Río Hudson el 19 de enero de 2009, con lo cual evitó una tragedia.

El asunto es que los responsables, comerciales y burocráticos de la aviación estadunidense, lo quisieron responsabilizar de los errores en la aeronave y escatimarle su acto heroico. La lucha por la reivindicación de su nombre, el héroe manifiesto que lleva escondido el hombre común y la batalla en contra del poder sin romper del todo, es parte fundamental del filme y la asemeja con Caballero sin Espada.

Basada en el libro Highest Duty del mismo Chelsey Sullenberg y Jeffrey Zaslow, la película –en la que también vemos a Aaron Eckhart “Jeff Skiles” en un papel más bien discreto y de apoyo como copiloto de Hanks-Sully- tiene coqueteos con el cine de desastre incluso, sin que permeé del todo y una edición y ritmo perfectos que comprueban el talento de Eastwood como narrador de historias.

Porque una cosa es el aire de promoción heroica en la más chata tradición del destino manifiesto y otra escatimarle al otrora Harry, el Sucio su habilidad como narrador e incluso fabulador de la conciencia norteamericana de la WASP.

Eastwood presenta un ritmo impecable tanto en las escenas quedel accidente con sus momentos de tensión y las de remembranza sobre la infancia de nuestro héroe. Ese sentido de la narración le da al filme un valor aparte e independiente del contenido ideológico.

Porque eso sí, el director es mañoso para disfrazar sus intenciones, basta recordar al grumpy (gruñón cinematográfico) de El Gran Torino (2008) y que él mismo protagoniza, en el papel de un anciano que ayuda a un joven asiático para cambiar de vida. Detrás de este acto reivindicador, está el discurso del buen salvaje ayudado por el estadunidense promedio que tan bien le va al republicanísimo y conservador Eastwood.

Porque si toma desprevenido al público, en una de esas pensamos que son remordimientos de viejo. Pero no, es el discurso conservador de siempre y nada ha cambiado. Se ayuda del arquetipo “hankiano” de la buena conciencia estadunidense.

Como nunca, en plena era pre Trump, Eastwood resucita el cine que cuenta la hazaña del hombre común estadunidense, que navega con bandera de reivindicación liberal, pero que se diluye al primer análisis. Basta recordar otra oda capriana: En Busca de la Felicidad (Gabriele Muccino, 2006) con ese actor representante del espíritu blanco de la sociedad norteamericana: Will Smith.Eso sí, Sully es menos cínica que El Francotirador (20014) y en su hechura cinematográfica es impecable y bastante entretenida.