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Hartazgo global / Cuchillito de Palo / Catalina Noriega

  • Catalina Noriega

Se prenden focos rojos en diversas zonas del globo terráqueo. En el Medio Oriente, con mencionar la guerra Siria, la tragedia iraquí y la constante terrorista del Estado Islámico, basta y sobra. Si se habla de Europa, las crisis económicas desbalancean a una Unión Europea, encima atosigada por las corrientes migratorias imparables.

En América Latina, ataca el virus del zika, sale a la luz la corrupción brasileña y golpea implacable al gobierno de la presidenta Roussef; el desastre venezolano en manos del señor (In)Maduro o el rechazo a que un Evo Morales, al que se le rindió el pueblo, tenga un nuevo mandato, propician desequilibrios serios.

Estados Unidos, el otrora Imperio, en plena decadencia y sin un mínimo de raciocinio, se lanza a los brazos de un orate, Donald Trump. Aún parece pronto para asegurar que consiga la candidatura del Partido Republicano, pero, las encuestas y los tres triunfos conseguidos en las últimas Caucus, permiten pronosticar lo que nadie, en su sano juicio, habría pensado.

De entrada se vio como una broma. Su campaña empezó a crecer, en medio de un jolgorio mezcla del lenguaje de un poseído con tintes fascistas, pero con una increíble astucia para convencer a fuertes sectores, de su propio partido y de la opinión pública.

Se lanzó de lleno con un lenguaje propiciador del odio, del resentimiento. Para hacerlo verosímil encontró a los “causantes de todos los males”, los mexicanos. Fijó sus baterías contra este vecino y primer socio comercial, y lo convirtió en el centro de sus agresiones.

Increíble que, los ciudadanos que se consideran hijos de la “gran potencia mundial”, compraran la bazofia de un individuo enfermo, ignorante y miembro de la misma casta que ha roto con el poderío de la que fue piedra angular de su sistema: la clase media.

Lo mismo alienta el rechazo a los migrantes, que al Islam. En la misma balanza coloca a “quienes van a tener que pagar por un muro que les impida la entrada (Mexicanos), que a los seguidores de Mahoma, sin distinción de valores, actitudes y comportamiento.

Igual ataca al Papa, que a sus rivales en la contienda republicana o los de la oposición. Destila un veneno que consuela el alma de quienes están en contra de lo establecido y con facilidad se radicalizan.

Ni quien piense en sus limitaciones para ocupar una Casa Blanca, que requiere de un estadista. Ni ha tenido un solo cargo de elección popular, ni ha estado en las Fuerzas Armadas, hasta ahora requisito indispensable, para el máximo sitial.

Tampoco se le critica por su violencia contra las mujeres, la que de acuerdo al divorcio de su primera esposa (Ivana), ejerció de palabra y obra. Extraña que, en un país en el que la liberación femenina es estandarte, se aplauda a un personaje que abusó de su cónyuge.

En estos primeros Caucus se acabó con presuspirantes centrados, con experiencia –Jeff Bush- y que demostraron una buena capacidad como gobernadores y otras carreras políticas. A Bush se le echó en cara el ser parte de una dinastía, aunque también se le podría endosar a Hillary Clinton, esposa de un expresidente.

El intríngulis del tema está en el hartazgo social. Los gringos están disgustados con un sistema que los ha hecho perder su imagen de poderío y fuerza; sobre todo, rabian por la polarización de la riqueza. El número de pobres creció, la Clase Media adelgaza y la bonanza se concentra en pocas manos.

De llegar este energúmeno, el despertar a la realidad será trágico, tanto para los estadounidenses como para el resto del Orbe.

catalinanq@hotmail.com

Twitter: @catalinanq