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¿Hay que ir a que nos ofendan?

  • María Antonieta Collins

Desde Los Ángeles

  • María Antonieta Collins

Como todos, he observado paso a paso lo que sucede en estos primeros días de la nueva administración Trump. Como todos, he comentado con otros cada firma de las acciones ejecutivas. Las respuestas habían sido las mismas hasta que una respuesta me hizo pensar: “Qué bueno que se pongan las cosas mal. Hasta que algo no esté mal, nada se podrá componer”

Había escuchado al expresidente Fox en Univisión aconsejar al presidente Peña Nieto sobe la cautela de lo que mediáticamente podría hacer Trump y que le sería totalmente adverso, y la mesura ante la venidera visita a Washington.

No hay que ser diplomático de carrera para entender lo que sucede entre dos países que han sido hermanos y que en los últimos cincuenta años no habían tenido una discordia mayor que los enfrentara como ahora.

Me quedo boquiabierta, tal y como están miles de mexicanos en la zona del este de Los Ángeles, al escuchar declaraciones que no son otras cosas que fanfarronería sin trazo de ser diplomáticos.

Lo dijo Trump en su Twitter y queda clara la nueva relación: “Si México no quiere pagar por la construcción del muro, entonces la reunión de la próxima semana podría cancelarse”.

Más claro: o aceptan que las condiciones son las que sugiero o no tiene caso vernos.

Por toda la Whittier Boulevard hay la misma indignación y miedo: “¿En qué condiciones viene el presidente Peña a negociar a Washington?, ¿Cómo vamos a pagar los diez mil millones de dólares de la construcción del muro entre los dos países y todo lo que haga falta si somos un país con graves problemas económicos?

¿Cómo puede ocurrírsele semejante situación?, ¿No sabe las condiciones de los mexicanos en México ante la subida de la gasolina y las protestas?”

Mientras muchos buscan cómo explicar lo inexplicable, otros aciertan haciendo más claro el ejemplo:

“Durante muchos años usted ha vivido en su casa, en paz con los otros vecinos. De pronto, se cambia al vecindario, justo frente a su casa, un vecino fanfarrón y poderoso. El hombre tiene dinero e influencias. Le molestan cosas que pasan en el vecindario y decide poner cámaras y vigilancia extra para que todo sea idílico y mejor. Le informa al vecindario que todo eso no le va a costar a él, ¡sino a todos los vecinos que no tienen dinero para pagar por las exigencias de este hombre porque apenas si sobreviven la vida diaria!”

Entonces, ¿qué hacer?

Me quedo pensando en lo que ha hecho el alcalde de Los Ángeles, Eric Garcetti, cuya ciudad podría perder 200 millones de dólares de ayuda federal por ser santuario de indocumentados, y quien en un acto de dignidad ha tomado el liderazgo: “Los defenderemos a ustedes y a sus familias” les dijo, y junto a los alcaldes de San Francisco, Seattle, Phoenix y Portland han dejado en claro que no se unirán al presidente Trump. Todos ellos con la dignidad por delante.

En esto llegó el ofensivo tweet de Donald Trump y poco después la digna respuesta del Gobierno de Peña Nieto: hemos decidido cancelar la cita del 31 de enero.

Es cuando pienso en aquello que dijera un mexicano y tanto hizo reflexionar: “Mejor que las cosas se pongan mal. Hasta que las cosas no están muy mal es que no empiezan a ponerse bien, y con un déspota como Trump hay que ver hasta dónde quiere llegar.

La pregunta es: ¿Qué hará el Gobierno mexicano? Porque la situación es más que clara: Con los insultos de Trump no se negocia de buena fe.