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Hillary: fingir o mingir / Ramón Ojeda Mestre

  • Ramón Ojeda Mestre

Excuse me where is the toilet? diría usted allá en Estados Unidos, si anduviera buscando dónde realizar alguna función relacionada con la ciencia micción. O quizá: can you tell me please where the lavatories are? No falta desde luego quien sea más directo e interrogue Where the hell is the bathroom, damn it? El hecho concreto es que este asunto de los elementales y antiquísimos desempeños corporales se volvió de repente un tema de alto nivel político, a raíz de que a la señora Hillary Clinton, en un receso del debate que sostenía con los otros precandidatos a la presidencia de la república de Estados Unidos de América, tuvo que ir al baño, pues “ya le andaba” y se encontró con que en el de mujeres había una fila considerable.

Esa cola, la del baño, no la de la respetable anciana más joven que Trump y que este tecleante (I beg your pardon), esa fila digo, estaba tan concurrida que se le hizo tarde a Hillary para reincorporarse al debate, y el conductor, que era igual que una suegra implacable, no la quiso esperar y reinició el debate sin ella. Al regresar, sonriente, se disculpó diciendo que como muchos saben a ella le tarda un poco más ese cometido, lo que prendió las neuronas perversas del Trump y empezó su retahíla machista antibiologista y patanesca. No fue el único que le tundió por ese pequeño e insignificante incidente.

Hubo un mordaz, Mike Huckabee, que opinó que le fue tan mal en el debate que para Hillary “best moment in the entire night was when she was in the restroom”. Pero el untuoso y viscoso Trump, a quien deseo de todo corazón que gane la presidencia de la república de USA, para practicar el masoquismo colectivo en el vecino país, pues, digo, el papujo Donald tan falso como su cabellera de Barbie o de Jessie la vaquerita, dijo cosas muy feas de la Hillary y de las mujeres en general.

“Sé adonde fue Hillary, y es muy desagradable, que asco, no deseo hablar de eso” y siguió, “No, es demasiado desagradable. No me diga, es asqueroso, no hablemos de eso”. Los fluidos corporales dice Soraya Chemaly la feminista, escritora y satírica, aunque no necesariamente en ese orden, escribió ayer, sacan de balance al tal Trumpito por lo que Bernie Sanders ha dicho que Trump ha de haber tenido una relación muy extraña con sus parejas, pues nunca se dio cuenta de que las mujeres orinan.

Por eso ayer en el New York Times, Frank Bruni empezó su columna famosísima diciendo: “Todo mundo orina”, refiriéndose al comentario de Trump “I know where she went, it’s disgusting, I don’t want to talk about it”, “No, it’s too disgusting. Don’t say it, it’s disgusting, let’s not talk”. Las palabras que usa Donald Trump para referirse a las mujeres lo evidencian y no las traduzco para no caer en lo de “traduttore, tradittore”, simplemente las reproduzco como lo hizo la colega Megyn Kelly cuando le preguntó porque usaba ese lenguaje tan denigrante ofensivo y bajuno para referirse pública y privadamente a las mujeres con los términos de “cunt”, “whore”, “bitch”, and “slut”.

En el fondo hay un problema de incultura, de atavismo y de estrechez mental que nos lleva a seguir teniendo miedo a lo desconocido, como si el cuerpo fuese algo misterioso a estas alturas del siglo XXI en plena era del conocimiento. Estados Unidos no es la excepción en cuanto al bajo nivel cultural y educativo, pero su desprecio a las mujeres o su machismo agresivo y estridente, ya debía haber sido superado, como en Suecia, Noruega, Dinamarca, Islandia o Finlandia, e incluso Alemania. Con personas como Trump la regresión o el retroceso son inevitables.

rojedamestre@yahoo.com