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Hillary y los horizontales

  • Paul Krugman

Paul Krugman

Pasé buena parte de esta transcendental semana política en un taller sobre desigualdad, donde se presentaron documentos acerca de todo, desde las causas de disparidades salariales hasta los efectos de la desigualdad sobre la felicidad. Pero, como ocurre con tanta frecuencia en conferencias, lo que realmente me puso a pensar fue una pregunta durante un descanso para tomar café: “¿Por qué no hablas más acerca de la desigualdad horizontal?”.

¿Qué? Desigualdad horizontal es el término del arte para la desigualdad medida, no entre individuos, sino entre grupos definidos racial o culturalmente (Por supuesto, la raza en sí es principalmente una creación en vez de un hecho de la naturaleza; estadunidenses de ascendencia italiana o incluso irlandesa no siempre eran considerados blancos.) Y me sorprendió que el pensamiento horizontal es lo que se necesita para entender lo que ocurrió en las temporadas de nominación de ambos partidos políticos: es lo que llevó hacia Donald Trump, y también la razón por la cual Hillary Clinton forzó a la retirada de Bernie Sanders. Y les guste o no, la desigualdad horizontal, sobre todo desigualdad racial, definirá la elección general.

Se puede argumentar que no debería de ser de esa manera. Una forma de pensar en la campaña de Sanders es que se fundamentó en la premisa de que si solo los progresistas iban a exponer un argumento con la claridad suficiente sobre los males de la desigualdad entre individuos, ellos podrían ganarse a toda la clase trabajadora, sin consideración a la raza. En una entrevista, Sanders declaró que si los medios de comunicación estuvieran haciendo su trabajo, los republicanos serían un partido extremista que captaría tan solo de cinco a 10 por ciento del voto.

Pero, ese es un sueño de opio. Definirse a uno mismo, cuando menos parcialmente, por la membrecía en un grupo, forma parte de la naturaleza humana. Incluso si uno intenta alejarse de ese tipo de definiciones, otras personas no lo hacen. Una triste y vieja línea de mi propia herencia dice que si casualmente olvidaras que eres judío, alguien te lo recordará: verdad reconfirmada por el repunte en antisemitismo vocal por parte del fenómeno Trump.

Así que la identidad grupal es una parte inevitable de la política, particularmente en Estados Unidos con su historia de esclavitud y su diversidad étnica. Minorías raciales y étnicas saben eso muy bien, razón por la cual apoyaron de manera contundente a Hillary Clinton, quien lo entiende, por encima de Sanders, con su enfoque exclusivo en la desigualdad individual. Y los políticos también lo saben.

De hecho, el camino al ‘trumpismo’ empezó con conservadores ideológicos explotando cínicamente las divisiones raciales de Estados Unidos. La agenda de política central del Partido Republicano con respecto a la reducción de impuestos a los ricos, al tiempo que abate prestaciones nunca ha sido muy popular, ni siquiera entre sus propios votantes. Sin embargo, ganó elecciones convenciendo a blancos de clase trabajadora de pensar en sí mismos como un grupo bajo asedio, y de ver programas gubernamentales como dádivas para esa gente.

O, para expresarlo de otra manera, el Partido Republicano fue capaz de servir a los intereses del uno por ciento haciéndose pasar por el defensor del 80 por ciento… pues ese era el porcentaje blanco del electorado cuando Ronald Reagan fue elegido.

Sin embargo, el cambio demográfico -acelerado crecimiento en las poblaciones hispana y asiática- ha reducido el porcentaje blanco del electorado que no es hispano a 62 por ciento y cayendo. Los republicanos necesitan ampliar su base; sin embargo, la base quiere candidatos que defiendan el viejo orden racial. De ahí el trumpismo.

Además, la movilización política con base en la raza, es una calle de dos sentidos. El apoyo negro e hispano hacia demócratas tiene sentido obvio, dado el hecho que estos son grupos de ingresos relativamente bajos, que se benefician desproporcionadamente de políticas progresistas. Por ejemplo, han registrado reducciones realmente agudas en el número de personas sin seguro desde que el programa de salud Obamacare entró en vigor. Sin embargo, la abrumadora naturaleza de ese apoyo refleja la identidad grupal.

Lo que es más, algunos grupos con ingresos relativamente altos, como judíos y, con frecuencia creciente, estadunidenses de origen asiático, también votan ampliamente demócrata. ¿Por qué? La respuesta en ambos casos, seguramente, es la sospecha de que el mismo ánimo racial que impulsa a mucha gente a votar por los republicanos, pudiera, con demasiada facilidad, volverse en contra de otros grupos con un largo historial de persecución. Y como ya he mencionado, estamos viendo efectivamente mucho antisemitismo de la derecha que sale abiertamente al público. ¿Acaso hay quien dude que una reserva de prejuicio antiasiático esté al asecho igualmente justo debajo de la superficie?

Así que ahora viene la elección general. Desearía poder decir que será una batalla de ideas. Sin embargo, no lo será en su mayoría, y no solo porque Trump no tenga una sola idea de política coherente.

No, ésta va a ser mayormente una elección sobre identidad. El nominado republicano representa poco más que la ira de hombres blancos a causa de una nación cambiante. Y él estará enfrentando a una mujer -sí, el género es otra dimensión importante en esta historia- que le debe su nominación a los mismos grupos que su base odia y teme.

Las probabilidades dicen que Clinton prevalecerá, debido a que el país ya progresó mucho en su dirección. Sin embargo, una cosa es segura: se va a poner feo.