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Hilos de recostura / Numerados

  • Camilo Kawage

1.- La angustiante y vertiginosa faena del instante que parece devorarnos nos hace perder de vista la portentosa capacidad de la Naturaleza -incluido el ser humano- de renovarse. Con el tiempo que perdemos en aprender el lenguaje de la correctez política dejamos atrás la inabarcable riqueza de nuestro idioma, o sea que nuestro vocabulario se reduce a dos o tres muletillas, en lugar de acrecerse a la expresión elocuente y precisa que no comenzamos nunca a comprender. Flotamos en la tesis de simular abrir la puerta a una modernidad hueca, vana y comodina que nos esconde de la antítesis de un designio de esfuerzos y logros, de desdichas y satisfacciones, para volvernos la síntesis de un relato inconcluso y estéril.

2.- En medio de las inauditas calamidades que asuelan al mundo en este tiempo, que niegan la condición humana misma -masacres, aniquilamiento y exterminio, hijos bastardos del fanatismo, que desaparecen poblaciones y destruyen civilizaciones- y que pensábamos que la raza humana había superado para siempre; en ese fatuo desengaño despreciamos con ligereza el recurso mágico de hablar con una sonrisa; de escuchar con el corazón; de mirar con el alma; de perdonar con el espíritu; de postrarnos ante el grito de un niño, festejar el guiño de los mayores, y de agradecer con una lágrima el prodigio de la existencia.

3.- Las proezas que enriquecen el patrimonio colectivo en la ciencia, la literatura, la tecnología y las herramientas del entendimiento enorgullecen a las generaciones con que nos toca compartir este fugaz instante de la Historia. Pero lo llenan de un oprobio que nos humilla y nos ultraja, acaso solo por el recuento de cataclismos y la barbarie de que somos capaces. Ni habremos ganado el miedo al miedo, y parece que se lo estuviéramos perdiendo al odio. Hace falta mucho amor para restañar tanto rencor, para atemperar un fanatismo que pronto no tendrá ya más que destruir.

4.- Por encima de las previsiones -casi todas a la baja-, los propósitos para el año tendrán la doble tarea de desmentirlas, con el ánimo de revertir la tendencia, y el arrojo para superar con creces nuestra propia perspectiva. Y no tendremos que ir lejos para alcanzarla: basta leer la poesía de los afectos; una mirada al semillero de la familia, donde hierve el espíritu de la juventud, que es la entraña de la Patria -ese corroído concepto que merece siempre verse galvanizado hacia la virtud-. Falta escuchar la palabra sabia, serena y luminosa de los mayores, comprender y asimilar la experiencia inagotable que nos brinda, para replantear con agudeza y buen tino el cometido, emprenderlo con certeza y consumarlo íntegro ahí donde se halla el colmo de los anhelos.

5.- Ayuda el repaso del pasado para confirmar que rara vez los pronósticos apuntan a la alza. Tal vez la mayor lección que nos deja el que termina es que todo puede suceder, y solo la medida de la prudencia, el alcance de la voluntad, el poder del amor que oriente la pasión de la vida, guíe nuestra fe e inspire nuestra esperanza harán posible la concreción de nuestros sueños. Que la paz, el albedrío y la felicidad no son garantías inmanentes ni somos sus destinatarios últimos, sino valores supremos que nos brindan la posibilidad de transmitirlos a los que nos son queridos. No existen magnates de la egolatría ni redentores del absurdo, solo soberanos de la generosidad.

6.- No existen propietarios de la sabiduría, solo efímeros correos del mensaje. El peligro puede verificarse en el reino muy factible de la ignorancia temeraria y la codicia en desenfreno. La hora exige serenidad y cordura, enemigas de la incertidumbre y la indefensión. Tenemos de nuestro lado el peso de la Historia, que nos permite evitar que se repita o, más aún, que se edite por primera vez; más fuerte que el caudal de los prejuicios, que la cascada de la intemperancia, tenemos el baluarte de la razón. Y podremos sonreír y alzarnos en un abrazo de ¡Muchas Felicidades!

camilo@kawage.com