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Histeria sobre los refugiados, pero ceguera respecto a las armas / Nicholas Kristof

  • Nicholas D. Kristof

LESBOS, Grecia. (OEM-Informex).- Durante tres semanas, los políticos estadunidenses han estado tronando contra el peligro que representan los refugiados sirios, aun cuando en la última docena de años ningún refugiado en Estados Unidos ha matado a una sola persona en un ataque terrorista.

En las mismas tres semanas de esta histeria sobre los refugiados, las armas de fuego han reclamado 2 mil vidas en Estados Unidos. Los ataques terroristas en San Bernardino, California, y contra la clínica de planeación familiar en Colorado Springs fueron los más dramáticos, pero hay un promedio implacable de 92 muertes por arma de fuego, cada día, en Estados Unidos, incluidos suicidios, asesinatos y accidentes.

Así es que si los políticos quieren encarar una amenaza, qué tal con la elaboración de una política seria para reducir las muertes por arma de fuego; sí, incluidas las medidas de contraterrorismo, pero no simplemente convertir en chivos expiatorios a las personas más vulnerable del mundo.

Las caricaturas de refugiados sirios como yihadistas que “nos quieren matar”, como me tuiteó un lector de nombre Josh, son irreconocibles para cualquiera que pase tiempo con estos refugiados. Creo que parte de la hostilidad podría desaparecer, si los lectores pudieran estar parados junto a mí, en una playa aquí, en Lesbos, y conocieran a los refugiados conforme llegan en lanchas de hule sobrecargadas, tras un peligroso viaje. Los críticos verían que los refugiados sirios son personas como nosotros, solo que mojadas, con frío y hambre, y agotadas.

Si piensan que soy ingenuo, conozcan al chico sirio de 16 años que está aquí, al que llamaré Ahmed. Vivía en una parte de Siria controlada por el Estado Islámico y decidió huir a Occidente después de que, según dice, las balas del EIIS le dieron una paliza.

Ahmed tuvo dejar a su familia y no puede ponerse en contacto con ella directamente por temor a meterla en problemas. No comparto su nombre real ni el de su lugar de nacimiento para evitar dañar a su familia, pero parientes suyos, que también han huido, confirmaron su relato.

Se han suspendido las escuelas desde que EIIS se mudó a la zona, así es que Ahmed encontró un empleo en una farmacia. Un día, cuando se le acabó una medicina, fue a pedirla prestada a otra farmacia, pero la atendía una mujer a quien solo se le permitía despachar a mujeres. Detuvieron a Ahmed.

“Me querían cortar la cabeza solo porque le hablé a una mujer”, explicó Ahmed.

Al final, lo liberaron, pero Ahmed ha visto más decapitaciones de las que puede contar. Las ejecuciones se llevan a cabo cada viernes en la plaza del pueblo y se convoca a todas las personas para que vean al verdugo hacer su trabajo con la espada. Se dejan los cadáveres en exhibición pública, a veces en posición de crucifixión.

“Si alguien no ayunaba durante el ramadán, lo ponían en una jaula en público sin darle de comer hasta durante tres días”, añadió Ahmed. Acusaron al propio Ahmed de faltar a las oraciones y lo sentenciaron a 20 latigazos. Un saudita fue el que le propinó los azotes con una fusta.

Después de eso, familiares de Ahmed bendijeron su huida porque temieron que lo pudieran obligar a entrar en el ejército del EIIS.

Entonces, ¿qué debería decirle a este chico de 16 años que arriesgó la vida para huir del extremismo? ¿Qué muchos estadunidenses ahora le tienen miedo? ¿Qué es posible que los asesinatos de San Bernardino solo se hayan sumado a la suspicacia en contra de los refugiados sirios? ¿Qué en un año electoral, los políticos consienten a los temores del electorado y los magnifican?

Aquí, en Lesbos, los temores parecen estar en números rojos. Algunos de los primeros socorristas a los que conocen los refugiados sirios cuando desembarcan en la playa son médicos israelíes que trabajan con una organización médica israelí llamada IsraAID. Los refugiados dicen que están sorprendidos, pero también algo deleitados.

“Nos dio gusto verlos”, comentó Tamara, una siria de 20 años, con vaqueros, maquillaje y el cabello descubierto. La presencia de judíos, musulmanes y cristianos, codo con codo, encajaba con la tolerancia y la moderación que ella deseaba.

Iris Adler, una doctora israelí que es voluntaria en IsraAID, dijo que era frecuente que los refugiados se emocionaran al recibir asistencia de israelíes. “Seguimos en estrecho contacto con muchos de ellos”, comentó, incluida la madre de un bebé en cuyo nacimiento en la playa asistió después del desembarco. La hostilidad hacia los socorristas israelíes, comentó, no proviene de los refugiados, sino, más bien, de algunos voluntarios europeos.

Históricamente, nosotros, los estadunidenses, en repetidas ocasiones, hemos percibido, equivocadamente, como amenazas a los extraños. En 1938 y, de nuevo, en 1941, una desesperada familia judía en Europa trató de obtener el estatus de refugiada en Estados Unidos, pero no lo consiguió, junto con incontables miles más. Se trataba de la familia de Ana Frank.

Así es que mientras que fueron los nazis los que asesinaron a Ana, nosotros, los estadunidenses, fuimos, en cierto sentido, cómplices.

“Estamos enfrentando una gran amenaza de extremistas islámicos como el EIIL, y necesitamos ser inteligentes sobre cómo la confrontamos”, dijo Peter Bouckaert de Human Rights Watch, quien se ha concentrado en los refugiados. “Al humillar y rechazar a quienes están huyendo del EIIL, creamos un sentido de enojo en gran parte de Oriente Próximo. El resultado final de rechazar a los refugiados sirios es una victoria propagandística para el EIIL”.

Si los políticos quieren enfrentar una amenaza a nuestra seguridad, podrían echar una mirada no tan lejos de los refugiados desesperados, sino a lo que está más cerca de nosotros, los terroristas potenciales y también las armas de fuego. Es absurdo que el Senado se haya negado a evitar que las personas que están en la lista de alerta de terroristas compren armas de fuego. ¿Los sospechosos de ser terroristas no pueden abordar fácilmente un avión, pero sí pueden comprar rifles de asalto? Los precandidatos presidenciales y los gobernadores deberían parar a quienes siembran el miedo en torno a los refugiados: después de todo, Estados Unidos ha admitido a 785 mil refugiados desde el 11 de septiembre y no se ha encontrado culpable a ninguno de asesinar a alguna persona en un acto terrorista en el país.

“Nosotros, también, somos humanos, y tenemos el derecho a vivir”, una mujer de 18 años, llamada Rahaf, quien quiere ser abogada, me dijo un día lluvioso, en un campo en esta isla. “No somos terroristas. Huimos de la guerra. Solo quiero tener hijos que puedan crecer en paz”.