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Historia / Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

El sustantivo femenino sociedad, suele definirse como un conjunto de seres humanos que conviven y se relacionan unos con otros. Y como verbo sustantivado, se describe como trato o convivencia de unos seres humanos con otros seres humanos. Las etimologías nos indican que sociedad proviene del latín: socius, que significa amigo, aliado, adjetivos que derivan de socialis que se emplea para describir una particular interacción amistosa o por lo menos, cívica o considerada. El ubicuo Adam Smith, siempre oportuno, solía indicar que una sociedad, en la que convergen hombres que desempeñan diversos menesteres: por ejemplo comerciantes y artesanos, puede substituir como resultado de una sensación de utilidad que se reconocen mutuamente sin que medie afecto, cariño o camaradería. Se mantienen unidos por mutua conveniencia y utilidad. Algunos sociólogos contemporáneos denominarían a ese particular arreglo de convivencia como una asociación. Y otros pensadores más sofisticados nos indican que la agrupación humana primigenia es la comunidad, dentro de la cual los seres humanos podían vivir en paz, desde su nacimiento hasta su muerte.

Pero desde que los mandamases comenzaron a necesitar ejércitos para combatir a sus competidores, para tener más siervos y territorios, y los formaban mediante la leva, los soldados de levita tuvieron que cambiar, de súbito, sus relaciones comunitarias por interacciones entre asociados. En eso se convirtieron: asociados efímeros para la supervivencia, mientras marchaban por territorios desconocidos y sometidos a una disciplina que les imponía deberes y obligaciones inmediatas que nunca antes imaginaron. Entonces la sociedad dejó de ser grata, humanitaria y afectuosa comunidad, para convertirse en sociedad por asociación para la supervivencia. Se esfumaron las relaciones amistosas de colaboración y comenzaron las relaciones de competencia y oposiciones personales. A ese tipo de sociedad se dirigió el talentosísimo jesuita Francisco. Y tocó la esencia de los problemas de la nación muy heterogénea, muy compleja y complicada dividida en blancos y criollos, lejanos de los mestizos y aún más lejanos de los … ¡indios!

También el occidente europeo tuvo sus indios: los que llegaron desde las extendidas planicies asiáticas y se asentaron con diversos nombres a partir de las heladas comarcas de la actual Escandinavia: los bárbaros, denominación que sería paralela a la de aborígenes, o “indios” de este nuestro vasto territorio entre el Norte y el Sur del Continente Americano. Pero en Europa nadie les llama Hunos o Teutones a los alemanes. Churchill sí llamaba… Huns! a los alemanes del fascismo. Hoy ya nadie es godo, visigodo, ostrogodo ni vándalo. Las denominaciones se emplean como insultos.  Y Francisco refirió a la denominación de indio, que en México se sigue empleando cuando alguien quiere diferenciarse de los descendientes de las 50 culturales originales que habitaron el territorio del México actual. Es la denominación genérica que identifica a los olvidados de la tierra.

El paseo entre los morenitos, que le fascinó a Francisco, le tocó las fibras que el Papa no sabía que aún tenía sino hasta que le vibraron aquí durante su semana mexicana.

Si le quitan las palabras evangélicas que tanto usa y lee uno la versión original de lo que dijo en la Catedral a los curas de alta jerarquía, ese es un discurso republicano, parlamentario, inteligente, de crítica a la sociedad en la que no culminan todavía sus dos grandes revoluciones: la de Reforma que cataliza Juárez, y la del cambio social a la que convocó Madero. Cabe recordar que Madero no llamó a tomar las armas y marchar hasta derrocar a Díaz. Un cambio por medio de las armas “sería agravar nuestra situación interior, y prolongar la era del militarismo y atraernos graves complicaciones internacionales. “Conviene organizarnos en partidos políticos a fin de que la voluntad nacional esté debidamente representada y respetada en la próxima contienda electoral.” Es Historia.