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Hoy como ayer: Pan, tierra y paz

  • Betty Zanolli

Betty Zanolli Fabila

En 1917, en la Rusia que vivía los estertores del zarismo, la pugna política, a pesar de sus respectivas contradicciones y traiciones partidistas internas, era bícroma: entre rojos y blancos, revolucionarios y contrarrevolucionarios.

Hoy, a diferencia de ella, en el México de 2017, la lucha política es polícroma, lo mismo se da entre tricolores y verdes que azuliblancos, anaranjados que amarillos y ahora hasta rosáceos, con muy poca o nula presencia de blancos y rojos, representantes tardíos, atrapados en el tiempo, de especies de historia efímera en franca extinción, porque en el fondo todo es lo mismo, y eso es parte de nuestra gran tragedia como sociedad, pues no importa el color que se porte, no hay ideologías ni valores supremos que verdaderamente defiendan nuestros partidos políticos en aras de contribuir al crecimiento y bienestar sociales: todos están a la caza de una sola cosa: el poder, descarnado, absoluto, total. Por eso el color es lo de menos, lo que importa es tener un espacio desde el que empoderarse para poder medrar y sangrar sin miramiento ni pudor alguno a la Nación. Y vuelvo a la Rusia revolucionaria, tan próxima en sus demandas a las de la Revolución Mexicana que le precedió, desde el momento en que ambas propugnaron por tierra, además de pan y paz la rusa, y antes por libertad la nuestra, y me pregunto ¿dónde fallamos? Lenin decía: “la vida enseña”. Sí, pero hasta ahora tal pareciera que somos refractarios a aprender. Y si no aprendemos, menos podremos corregir ni remediar nada. Por eso mismo, seguimos endémicamente con los mismos problemas que nos laceraban hace más de un siglo, solo que el panorama es mucho más aterrador. Antes, al inicio de nuestra gesta revolucionaria, Occidente aún no había vivido una conflagración mundial. Ahora, lo sabemos, pero nuestras contradicciones estructurales son peores aun.

Pan, tierra y paz, demandaban los bolcheviques. Pan, tierra y paz, demanda la sociedad mexicana. ¿Cuestión partidista? No, de sobrevivencia mínima, hoy como ayer. Por eso mismo muchos ciudadanos elevaron sus voces en días pasados, a raíz de la inusitada marcha que tuvo lugar ayer en la Ciudad de México y en otras ciudades de la República, cuestionando su real trasfondo, porque el pueblo de México no solo está ofendido por los excesos y atropellos a nuestra soberanía a cargo del flamante presidente de Estados Unidos. Está harto de la corrupción, impunidad, macrogasolinazos ahora perpetuos, inseguridad, falta de empleo, discrecionalidad, tráfico de influencia, cinismo, criminalidad, violencia, con los que día a día se enfrenta y contra los que parece no existir solución ni Gobierno que pueda ni quiera resolverlos. Por eso mismo Trump no es causa de todos nuestros males. Su llegada a la presidencia estadunidense solo agudiza la profunda e inexorable crisis general que padecemos. Los males que nos aquejan y destruyen han crecido en nuestro propio seno, cobijándose en los más recónditos intersticios de nuestra sociedad, desde el momento en que hemos sido incapaces de hacer frente a un sistema político y de partidos que se ha reproducido y desnaturalizado en su incontenible ambición. Nada hemos hecho para impedirlo. Prueba de ello, reciente y vergonzosa, es consentir que se coloque la lápida de la desmemoria histórica sobre el cadáver de nuestra política exterior.

Sí, de nada servirá marchar mientras todo siga igual, perdido el rumbo, la fe, el respeto y la credibilidad en quienes nos gobiernan y aun en nosotros como sociedad. Estamos en el peor momento, el de mayor vulnerabilidad, de nuestra historia contemporánea. ¿Tendremos la altura para rescatar la independencia y soberanía de nuestra Nación?
bettyzanolli@gmail.com @BettyZanolli