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Hoy No Circula: demagogia y tiranía / Betty Zanolli Fabila

  • Betty Zanolli

La superficie continental del territorio nacional es de 19 mil 601.89 km2, de los cuales mil 486.55 km2 corresponden a la Ciudad de México -610.8 km2 de suelo urbano- y siete mil 410 km2 a la llamada Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM). Cifras reveladoras si consideramos que la población total de México en 2015 era de 119 millones 530 mil 753 habitantes, de los cuales ocho millones 918 mil 653 se ubicaban en la capital de la República y alrededor de 21 millones en la ZMVM, esto es, ocupando la sexta parte de la población nacional solo 7 por ciento del territorio continental nacional. Sin embargo, esta descomunal desproporción no es lo peor. Lo alarmante, como tantos otros aspectos, es el número de autos que circulan en la ZMVM: siete millones, al haberse disparado su crecimiento desde que nació en 1989 el infausto programa Hoy No Circula (HNC), que hizo aumentar el parque vehicular casi en un 400 por ciento de entonces a la fecha, sobre todo en los municipios conurbados donde menos transporte público hay, principalmente en la región noroeste. Sí, casi treinta años de un permanente y estrepitoso fracaso en las políticas implementadas por los funcionarios que han estado al frente de esta alucinante ciudad capital y cuya responsabilidad es compartida con las de sus homólogos de los Estados vecinos y de la federación. Veamos.

Era el 29 de enero de 2016 cuando se dio la noticia: el Distrito Federal dejaba de existir para dar paso a una nueva entidad federativa: la Ciudad de México. Las campanas se echaron al vuelo, gran parte de la ciudadanía capitalina lo festejó, esperanzada porque muy pronto estaría estrenando congreso y constitución, pero más tardó en asimilar la noticia que daba cuenta de la trascendencia del hecho político que en caer otra vez en el desencanto y la frustración, en el enojo y la rabiosa impotencia, con motivo de las medidas inequitativas, demagógicas y tiránicas, que comenzaron a adoptar las autoridades locales y federales en la flamante CDMX con motivo de las contingencias ambientales, que para mediados de marzo comenzaron a denunciarse, como la del regreso absurdo e infamante al HNC original por disposición de la Comisión Ambiental de la Megalópolis, creada en 2013 e integrada por la Semarnat, la hoy Ciudad de México, los estados de Hidalgo, México, Morelos, Puebla y Tlaxcala.

¿Por qué el enojo y escepticismo de los ciudadanos? Porque la historia nos ha confirmado, una y otra vez, que el desastre atmosférico ambiental que padecemos nunca podrá ser remediado con el HNC, que simplemente volverá a incentivar la compra compulsiva de más automotores. ¿O acaso será ése el verdadero trasfondo? Y más preguntas surgen. ¿Por qué no reconocer que el nuevo Reglamento de Tránsito, además de inconstitucional y atentatorio de múltiples principios jurídicos como el “locus regitactum”, solo ha contribuido a obstruir la movilidad y a incrementar los niveles de polución? ¿Por qué permitir la salvaje circulación de los conductores de las obsoletas unidades del transporte público, particularmente microbuses, y de carga en total impunidad? ¿Por qué no reglamentar los anárquicos bloqueos, plantones y marchas que llegan a disparar la contaminación a niveles exorbitantes? ¿Por qué no promover el desarrollo de modelos que agilicen el flujo vehicular, aún retirando topes y semáforos innecesarios, procurando su correcta sincronización y no un funcionamiento que raya en lo perverso? ¿Y la infamante corrupción de los verificentros y falta de control en basureros e industrias, que hasta por las noches incrementan sus fétidas descargas a la atmósfera en muchos puntos de la capital? ¿Acaso es tan fácil y poco oneroso promover el uso de la bicicleta o de un transporte público totalmente insuficiente en una ciudad en la que priva la inseguridad? ¿Remedia algo imponer más tasas a los dueños de automotores particulares, cobrándoles por el derecho de estacionamiento en la vía pública o de circular en determinadas vías -como ya sucede-, o por el acceso a determinados sectores de la macrourbe -como se pretende-, señalando a este sector como los principales responsables de la contaminación? En lo absoluto. Solo criminaliza y agudiza el encono intrasocial y al final, la inequidad y la injusticia terminan haciéndose presentes sin que haya ciudadano o autoridad alguna que lo impida.

No cabe duda, el problema dantesco que enfrenta la CDMX en materia de salud y movilidad ha alcanzado esta magnitud porque la autoridad jamás ha tenido la voluntad de instrumentar las medidas mínimas que hubieran podido impedir su escalamiento. Por eso mismo resulta grotesco escuchar que el Gobierno de la CDMX recién haya pedido cinco mil mdp al Ejecutivo Federal para transporte público. ¿Qué lectura darle? De desfachatez política, porque deja claro que de no haberse declarado esta emergencia ambiental la ciudad seguiría cada vez peor, como lo está. Y es que el problema no solo es de recursos sino de la ausencia total de una política de transporte integral que atienda la movilidad de la ciudadanía metropolitana. De nada servirá que la federación conceda apoyos sin un plan estratégico serio, pues nuevamente caemos en lo mismo: son intereses políticos y económicos los que marcan la pauta de nuestra deprimente realidad capitalina, porque la crisis ambiental, el caos vehicular, el insuficiente ordenamiento y la nula planificación de la movilidad urbana en la megalópolis son el reflejo vivo y palpitante del drama polimórfico que carcome a la CDMX tanto como a la nación entera, producto de la corrupción descarnada y endémica que rige en todos los niveles y sectores; del latrocinio y abandono del que ha sido objeto por autoridades y por gran parte de su propia ciudadanía, y de la ausencia de toda política de planeación y desarrollo nacional ante el imperio de un centralismo secular que nadie se preocupó de revertir por así convenir a sus intereses, porque la construcción del espacio está siempre vinculada con la interacción de la sociedad en su conjunto pero sobre todo e íntimamente con el poder público y nuestra clase política no tiene freno ni límite, vergüenza ni pudor alguno.
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@BettyZanolli