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Huracanes

  • Francisco Fonseca

La naturaleza es incontrolable, y el hombre teme lo que no puede controlar. Esta época del año es característica por las condiciones meteorológicas que se dan y que propician depresiones tropicales, tormentas, ciclones y huracanes. Nuestro país se encuentra, por razón de su ubicación geográfica, en el paso de estos fenómenos naturales. Y los sufrimos por el Atlántico o por el Pacífico. Demoledores, atroces.

La zona centroamericana y del Caribe es azotada, de junio a diciembre de cada año, por el ansioso camino de la destrucción. Las islas caribeñas, pequeñas y grandes, sufren sin defensa estos ataques. En la mayoría de las islas, de condición depauperada, las frágiles, fragilísimas construcciones se vienen abajo con un soplido como el del lobo feroz.  Sus habitantes modestos, humildes y a veces miserables, pierden casi nada. Nada pierde el que nada tiene. Las pobres islas caribeñas sueñan en su pobreza y en su historia. Desean alcanzar estadíos mejores de vida, pero la condición de su región no se los permite.

El cantante Juan Luis Guerra, dominicano, suplica en sus canciones que ojalá llueva café en el campo y que los caminos se conviertan en senderos de arroz. Café y arroz que casi no alimentan.  Con qué poco nos conformamos. Café y arroz. Otras islas de mayor tamaño, envergadura y riqueza se defienden con más posibilidades.  Sin embargo, el paso de ciclones y huracanes devasta y asola aunque se cuenten con todas las posibilidades.

Recuerdo amargamente  el paso de los huracanes “Gilberto”, “Hugo”, “Opal”, “Pauline”, “Wilma” y “Stan”, “Ernesto”, “Ingrid” y “Manuel” por el territorio mexicano entre 1988 y 2014, todos nos impactamos con las terribles escenas producidas por el paso de estos fenómenos meteorológicos. No olvido a “Andrew” en el estado norteamericano de Florida en 1992 y “Katrina” en los estados de Louisiana, Misisipi, Florida y Alabama en 2005. Solamente me he remitido a los que han golpeado a nuestro México y a los estados cercanos del país del norte.

En 2013 resentimos los estragos de los huracanes “Ingrid” y “Manuel” que destruyeron vastísimas regiones de los estados de Guerrero, Oaxaca y Michoacán, causando cientos de víctimas. El Servicio Meteorológico Nacional (SMN) informó que fue tal el grado de afectación que los nombres Ingrid y Manuel fueron retirados de la lista oficial de tormentas tropicales y huracanes debido a los graves daños que provocaron por su impacto de forma simultánea en costas de México en septiembre de 2013.

No hay defensa. Es inútil prever lo imprevisible. Es difícil entender qué ocurre y qué hacer. Sin embargo, es importante destacar que los modernísimos sistemas de rastreo y de comunicación satelital hoy permiten que estemos mucho más preparados que hace algunos años al paso de estos monstruos meteorológicos. Solamente empieza el terrible calvario de la época de huracanes.

Comenté con un amigo sobre el tema de este editorial, y me preguntaba insistentemente: ¿pero cuál es tu conclusión? Mi conclusión es muy sencilla: cuando ocurren estas terribles calamidades y hay grandes, grandísimos daños, lamento mucho el terrible dolor que pasan nuestros hermanos en esas zonas del país.  Me solidarizo con su pena y quisiera que de un plumazo se les devolvieran su tranquilidad, sus pertenencias, sus trabajos, y lo más preciado, las vidas de sus seres queridos arrebatadas por la furia de vendaval. Así de simple, así de sobrio.
pacofonn@yahoo.com.mx