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¿Ideología, programática, pragmatismo?

  • Jaime Alcántara

Ya casi nada nos asombra, parodiando al recién fallecido Alvin Toffler, autor de El Shock del Futuro. Hemos visto de todo, en todos los sentidos de la vida pública. Igual de la privada. Las últimas novedades, quizá, nos quitaron algunas dudas de lo que parecía imposible: el triunfo de Trump y la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Pero, hay más, dijera aquel.

En todo esto, una tendencia económico/política conocida por nosotros, “hizo ya huesos viejos”. Casi todos los países se siguen enfrentando al eterno dilema: libre mercado o Estado de Bienestar, conducido al extremo. Lo hemos podido ver en nuestro país, en Francia, en Austria.

El primero, defendido a ultranza, por personajes como Milton Friedman, Alan Greenspan y muchos más. Según ellos, los mercados, recordando a Adam Smith, se moverán por medio de una mano invisible, si el estado deja de intervenir en la economía. Esto es, los factores que les dan origen, como la oferta y la demanda, harán que todo lo demás, en automático, para que sus resultados puedan reflejarse en los precios, disponibilidad de mercancías y servicios, empleos y todo lo que las variables económicas puedan requerir, para bien de todos.

El Estado de Bienestar exagerado y con un mal cauce, es lo otro. Como su nombre lo indica, apela a que el gobierno se preocupe por la prosperidad de todos y cada uno de sus ciudadanos. Esto es, que tengan lo mínimo indispensable, para vivir, trabajen, tengan ingresos, o no. El tópico, tiene sus antecedentes. Viene de la máxima del socialismo: De “cada quien según sus posibilidades, a cada cual según sus necesidades”. Sin discusión.

Ambos, de acuerdo al punto de vista muy particular, tienen sus defensores y detractores, a ultranza. Veamos si, en este breve espacio, puedo ampliar un poco los conceptos.

En el libre mercado se deja al interés único y equilibrador, de las necesidades de la gente, a las capacidades de producción y a los mercados. Esto es, nadie podrá meterle la mano a los bienes, para que sus precios puedan girar sin abusos, sin concentración de inventarios (léase, acaparamiento), sin especulación.

En este entendido, si el gobierno deja de intervenir en los procesos económicos: salarios, competitividad, producción, distribución, el mercado actuará de forma automática y la adquisición de los productos no tendrán por qué vulnerar la capacidad adquisitiva de aquella capa de la población a la que irían destinados, puesto que la ecuación: fabricación y necesidad, se equilibrarán por una especie de mandato supremo.

En el punto de vista opuesto, es recomendable, siempre, que los estratos más endebles de la sociedad se protejan. Puede ser mediante subsidios, programas específicos, dependiendo de la naturaleza propia de cada nivel socioeconómico.

En el capitalismo, de inmediato, brinca algo. Lo primero que se viene a la mente es la especulación, la manipulación de los precios para determinados productos o servicios, la posible mala administración y/o limitada manera de comercialización. Veamos uno o dos casos.

…continuará.

jaimealcantara2005@hotmail.com