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¿Ideología, programática, pragmatismo? (III)

  • Jaime Alcántara

Las tributaciones son generadas por quienes trabajamos. Lo mismo aporta un obrero que un industrial, porcentualmente hablando (justicia igual para los iguales, desigual…). También, un agricultor o un profesionista. Lo mismo un servidor público que un comerciante. De esta suerte, los gobiernos disponen de recursos para ayudar a quienes menos tienen. Pero, si esa tendencia aumenta exponencialmente ¿quién trabajará/producirá, para que haya ingresos fiscales, derechos, que hagan caminar a una nación?

Pero hay gente que piensa que eso puede funcionar, igual que los apóstoles del libremercadismo/capitalismo, en el otro sentido, al extremo.

Una simple ojeada a los países desarrollados, sin profundizar, nos dice que aún con sus tendencias, tienen programas especiales para la gente marginada. Por supuesto que, mayoritariamente procuran apoyos para que la gente compre bienes y pueda cerrarse el ciclo del capitalismo. Sin desplazamiento de mercancías, bienes y servicios, sin compradores, este sistema no funcionaría. Otra prioridad son los financiamientos para grandes empresas que pudieran tener problemas en su operación.

Allá, difícilmente se habla de un salario remunerador, de la mejora del obrero, del trabajador del campo (se supone que va intrínseco). Su preocupación es que haya dinero para que la economía no se detenga por falta de respaldos. Y, eso es todo: el consumo.

En las antípodas, en países sonadamente del lado contrario, como Venezuela, Bolivia, Ecuador; India, en algún momento, Brasil y Argentina, por lo mismo, campea el Estado benefactor (a ultranza). En tal tenor, el crecimiento de las economías, la inflación, los servicios públicos, el nivel de vida, han dejado mucho que desear. Los programas económicos, sociales, educativos, sólo tienen el fin de servir a quien está en el poder.

No se puede, no se debe, hasta donde humanamente se observa, dejar en manos del capital el destino de los millones de seres que pululamos en el planeta. No quiero decir que la totalidad de los capitalistas sean intrínsecamente malos, pero su meta es el lucro, la ganancia; tienen consejos de administración, compromisos, deudas, status que conservar; por tanto, poco importará en muchos casos, atropellar, violentar, simular.

Tampoco, en quien piense dar todo. “Pobre de aquel gobernante que únicamente sabe dar dinero”, decía Stendhal. Aquel que reflexione así, su enfoque será sólo electoral. Su único fin, la permanencia en el poder, por encima del deseo legítimo de bienestar normal a que aspiran quienes le confiaron su camino, su destino. El esquema mental, de ese tipo de gobierno, gira alrededor de una única causa: el caudillismo. Y, como consecuencia, la obsesión por seguir al mando, a cualquier costo.

Por ello, quizá valga la pena pensar en un proyecto sin extremos.

Para los fundamentalistas, los radicales, es muy atractiva su visión, aunque a la distancia también ellos puedan salir perjudicados. La emoción que prevalece normalmente, al emitir el voto, porque se sufrió alguna injusticia, le cayó mal el Partido o el candidato, puede derivar en la peor decisión. Esto es, la enfermedad podría vencer al hipotético remedio.

Resumiendo, no es recomendable, lógico, dejar al arbitrio del mercado el destino de los gobernados. En el otro sentido, por más promesas y esfuerzos que pudieran hacerse, no hay dinero que alcance para regalar todo. Aún sigue sin descubrirse el afán de los alquimistas. No es posible crear riqueza de la nada.

jaimealcantara2005@hotmail.com