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Ilegalidad, incongruencia e imprudencia

  • Eduardo Andrade

Dr. Eduardo Andrade Sánchez

El uso de armas químicas contra la población civil siria, atribuido al Gobierno de ese país, constituye una atrocidad merecedora no solo de una severa condena internacional, sino también de un castigo ejemplar, no obstante, este tendría que ser impuesto por la comunidad mundial organizada aplicando las normas del Derecho Internacional, pero de ninguna manera debe aceptarse como válida una reacción unilateral, inconsulta y carente de sustento jurídico, como la ordenada por el presidente Trump para efectuar un bombardeo contra instalaciones de Siria.

Pese al apoyo de sus aliados europeos, el referido ataque se realizó en un plano doblemente ilícito, pues además de ocurrir al margen de las normas jurídicas que rigen las relaciones entre los Estados, también violenta el derecho interno estadunidense según el cual el presidente requiere la autorización de su Congreso para la ejecución de una acción bélica de este tipo, en virtud de que la agresión a los civiles víctimas de un gas letal, con todo y la monstruosidad que implica, no fue dirigida contra Estados Unidos o contra nacionales de ese país, en cuyo caso sí se justificaría una respuesta inmediata a manera de represalia implementada por el Ejecutivo sin intervención del Legislativo.

La medida adoptada por el presidente estadunidense, quien la justificó supuestamente por el impacto que le produjeron las terribles imágenes difundidas por la televisión, parece más dirigida a contrarrestar el acentuado abatimiento de su popularidad, haciendo resaltar la firmeza y rapidez de la decisión de esta presidencia como opuesta a las vacilaciones atribuidas a Obama ante circunstancias similares, pero el anterior presidente se apegó a la normatividad que lo obligaba a consultar con el Congreso de su país.

Por otra parte llama la atención que en asuntos de tanta trascendencia para el planeta entero las determinaciones del Ejecutivo de la nación más poderosa del mundo obedezcan a reacciones emotivas y no a una estrategia geopolítica. Durante su campaña Trump defendía con argumentos sostenibles la necesidad de una política exterior que no desestabilizara al Medio Oriente mediante acciones dirigidas a derribar gobiernos de esa región y que considerase la necesidad de combatir al Estado Islámico como prioridad, antes de hacer caer a Assad, cuya remoción parecía constituir el objetivo primario de la pareja Obama-Clinton. En algunos momentos el magnate afirmó que no pretendía ser el presidente del mundo pues se proponía dedicarse a la reconstrucción de su tierra bajo la consigna “América first”. El empleo de los misiles Tomahawk, con todo el lucimiento que implica frente a la opinión pública local y de buena parte de Occidente, es claramente incongruente con los posicionamientos formulados durante los debates electorales.

Para colmo, la impulsiva conducta de Trump se torna altamente imprudente por los riesgos que genera a nivel global. El enfrentamiento de Estados Unidos con Rusia e Irán podría escalar a rangos inmanejables si se conduce a golpes de víscera y con la mira puesta en complacer en el corto plazo a los críticos internos que, irreflexivamente, apoyan la beligerancia inspirada en una presunta protección de valores humanitarios, mezclada con un patrioterismo ramplón que ha impulsado incluso a su acérrima rival, doña Hillary Clinton, a apoyar las temerarias medidas de Trump que pueden conducir a una conflagración de consecuencias impredecibles.
eduardoandrade1948@gmail.com