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Imperio

  • Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

Los periódicos y la televisión del mundo califican a Trump como populista. Cabe recordar que el calificativo tiene su origen en los prolegómenos de la contienda electoral de 1896 entre el Republicano William Mckinley y el Demócrata William Jennings Bryan. A éste lo postulan en 1893, como candidato a la Presidencia, el Partido del Pueblo Americano –The American People’s Party–  y el Partido Demócrata.

Estados Unidos, está inmerso entonces en una de sus trece devastadoras recesiones y pánicos bancarios, provocados por la conocida inclinación de sus banqueros por la especulación que se traduce en crisis económicas mundiales. Trump es un negociante que aprovecha lagunas en la legislación financiera de su país para no pagar impuestos. Y se inclina por el establecimiento de grandes conglomerados industriales, comerciales y de servicios financieros que determinen el flujo internacional de mercancías que más favorezca la producción estadunidense para la exportación.

Quienes en 1896 padecen hambre en Estados Unidos, por la supresión de empleos y la inflación, son los trabajadores industriales y de transportes. El control de emisión de billetes los banqueros piensan establecerlo mediante el bimetalismo. Jennings Bryan les dice en la convención demócrata con voz pausada: “No podemos colocar en la frente de los trabajadores una corona de espinas de plata, para luego clavarlos en una cruz de oro.”  Tenía razón. Y eso lo sabían sus partidarios.  Pero Mckinley gana la elección, sentado en su casa.

Mckinley deja en segundas manos la solución de la crisis monetaria y va en busca de las islas del mundo para englobarlas en el macizo continental estadunidense. Penetra Cuba. Se adueña de Hawái, Puerto Rico y controla Las Filipinas. Las hazañas se conocen como “The Spanish American War”. Mckinley inaugura la Presidencia Imperial estadunidense. Estados Unidos se convierte en una potencia temida a lo largo y ancho del Pacífico, el Atlántico y en Asia. Los ingleses ya no se atrevieron a desafiarlo. Los productos estadunidenses comenzaron a circular por todo el orbe. Cuando algunos empresarios europeos se quejaron de la invasión comercial americana, McKinley asume nuevos poderes presidenciales y controla eficazmente los medios de comunicación: prensa, radio, televisión, cine, teatro.  Favorece a los compositores musicales y a los artistas plásticos. Lo reeligen en 1896. Para mostrar al mundo su poderío le organizan la gran Exposición Panamericana en Búfalo, Nueva York. Lo reciben en las orillas del Niágara con cohetes y luces de bengala. Con letras de fuegos de artificio le dicen: Bienvenido Mckinley Jefe de nuestra Nación e Imperio. Aprovecha éste la fiesta para anunciar la organización de una nueva y moderna marina mercante, el cable telegráfico del Pacífico y un canal en el istmo centroamericano a través de Panamá. Pero un desempleado –un “anarquista”: Leon Gzolgosz– lo mata a tiros de pistola.  Cuando en 1903 Colombia se opone a la construcción del canal, Estados Unidos moviliza su ejército para soltar un movimiento separatista. A finales de 1989 el presidente Manuel Antonio Noriega fue sacado violentamente de Panamá. Se le imputó el delito de tráfico de drogas. Lo sentenciaron en Estados Unidos a 40 años de prisión que purgaría en ese país. Teodoro Roosevelt había recomendado ya en su tiempo, que el Presidente de Estados Unidos hablara a los empresarios y a los Presidentes y primeros ministros con voz baja y cordial. Y mantuviera empuñado un buen palo. El “gran garrote”.