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Imprescindible liderazgo

  • Salvador del Río

Más allá de métodos innovadores, los partidos políticos han requerido de un líder que determine la designación de su candidato a la presidencia de la República. El caso del Partido Revolucionario Institucional muestra la necesidad y operancia de ese liderazgo sexenal.

En 1929, recién creado el Partido Nacional Revolucionario, el hombre fuerte del movimiento social, Plutarco Elías Calles, decidió cambiar de candidato y sustituir a Aarón Sáenz por Pascual Ortiz Rubio. El mismo Calles decidiría en 1933 designar candidato al general Lázaro Cárdenas, sin imaginar que con él terminarían sus años de maximato.

La decisión para la designación de candidato no ha sido siempre la que hubiera querido adoptar el presidente en turno, convertido en su líder indiscutible. Lázaro Cárdenas hubo de declinar su preferencia por el general Francisco J. Mújica y nombrar al general Manuel Ávila Camacho ante el riesgo de nuevos enfrentamientos con la derecha que perturbaran la paz alcanzada en su gobierno.

Manuel Ávila Camacho decidió, con la candidatura de Miguel Alemán, un giro hacia el civilismo después de más de veinte años de militares revolucionarios en el poder. Miguel Alemán no logró imponer a Fernando Casas Alemán, obligado por las circunstancias a decidir la candidatura de Adolfo Ruiz Cortines; éste, a su vez, no tuvo problema para colocar en la candidatura a su hechura política, Adolfo López Mateos. El abogado e intelectual mexiquense decidió dar un giro de su izquierda dentro de la Constitución hacia la derecha que representaba Gustavo Díaz Ordaz, pero siempre dentro de los cauces y las líneas de la Revolución Mexicana.

Gustavo Díaz Ordaz nombró a Luis Echeverría con la esperanza de superar la inquietud social después de los acontecimientos de 1968. Luis Echeverría tuvo la libertad para asignar la candidatura a su amigo personal José López Portillo y éste, sin mayor problema, pudo inclinarse a favor de Miguel de la Madrid Hurtado. La candidatura de Carlos Salinas de Gortari no enfrentó oposición dentro del Partido y lo mismo ocurrió cuando Luis Donaldo Colosio fue designado candidato en 1993. Con la misma libertad, pero en sentido contrario, Ernesto Zedillo escogió, se dice que deliberadamente perdedor, a Francisco Labastida Ochoa. Comenzó ahí una nueva etapa para el Revolucionario Institucional que derivó en la aparente pérdida del liderazgo sexenal que por encima de pasarelas, listas de aspirantes o decisiones colectivas de la cúpula partidista, siempre mantuvo la decisión del presidente de la República, no para la designación de su sucesor sino para el nombramiento de su candidato, siempre ganador ante la debilidad y la escasa penetración de la oposición.

La candidatura de Enrique Peña Nieto fue la primera en la que el PRI ganó sin que existiera en su origen la voluntad expresa del presidente de la República. Los tiempos para el PRI parecen haber cambiado. Se aproxima la Asamblea General del mes de agosto en la que se definirán las características de las campañas para las elecciones del 2018, salvo que el PRI estará obligado a seleccionar candidatos, especialmente el abanderado para la presidencia de la República, en respuesta a las crecientes exigencias de la ciudadanía para terminar con los viejos vicios y lacras inherentes a la política en general. La decisión para la designación de candidato corresponderá una vez más al líder natural del Partido, el presidente de la República en turno. Lejos de ser una decisión antidemocrática, la determinación requerirá de un proceso de auscultación, de consulta a las bases y de análisis sereno, libre de preferencias personales o de grupo del y los candidatos que contiendan en la justa electoral del año próximo.

Srio28@prodigy.net.mx