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El IMSS y la desesperanza / Cuchillito de Palo / Catalina Noriega

  • Catalina Noriega

En mi participación radiofónica, con Héctor Martínez Serrano, -Radio Centro- aplaudí la moción de aplicar medidas para mejorar la atención en el Instituto Mexicano del Seguro Social y me dio la vena por decir que también hay funcionarios valiosos. ¡Me cayó un ventarrón, peor que los que nos han azotado en estos días!

Lo menos que me dijeron fue que “de cuál había fumado”. Solo un par de llamadas estuvieron de acuerdo en que hay posibilidad de enderezar el funcionamiento del IMSS. El termómetro, al rojo vivo, da la pauta del disgusto social.

Ni quien crea en la competencia de un servidor público y ni quien esté dispuesto a otorgarle el beneficio de la duda. El hartazgo rebasa las buenas intenciones y la impresión generalizada de este Régimen, lo coloca por los suelos.

Todo son quejas, por desgracia, en gran medida justificadas. En el tema del Seguro Social, la mayoría se refirieron a las “jetas”, los malos modos, el pésimo trato de quienes te reciben, te turnan con el médico o te tienen –a forziori-, que resolver un trámite.

La gente echa espuma por la boca, rabiosa frente a lo que califican de humillante, agresivo y prepotente, en ese primer contacto con quien, detrás del mostrador, les es indispensable.

Del gabinete actual, pocos “destacan”. Difícil encontrar a la lumbrera honesta, eficiente y dispuesta a buscar el bien común, antes y por encima del propio. En lo que podría considerarse el segundo círculo, un par sobresale, por cumplir su cometido: José Antonio González Anaya y Mikel Arriola.

González Anaya logró sacar al IMSS del precipicio financiero. Arriola puso en orden a la Cofepris y la dejó como un organismo calificado.

Se les cambió de lugar, al primero al agonizante Pemex y al segundo al corazón de la seguridad social. Y, si lidiar con las ruinas del oro negro es bajar al séptimo infierno, recuperar la prioridad de los servicios del IMSS es similar.

Poco afecta a la persona y a la familia tanto, como una enfermedad. La medicina privada se ha vuelto incosteable, lo que engrosó la carga de la pública y en especial, la del IMSS. Quienes tenían cubiertas sus cuotas, pero rechazaban hacer uso de sus servicios -preferían hospitales y médicos particulares-. Frente a los exorbitantes costos decidieron el cambio.

Hablar de 70 millones de derechohabientes es referirse a un universo estratosférico, en el que se entremezclan las distintas clases socioeconómicas, con necesidades específicas y pocos rasgos en común.

Mover la maquinaria burocrática, que vea en cada usuario a un ser humano, de pesadilla. Quien debe procesar las miles de fichas y de expedientes diarios, por lógica, estará enajenado. Ver las antesalas de los consultorios atiborradas, de no estar hecho de una madera especial, seguro que los agota antes de empezar la jornada laboral.

A quien espera con escalofríos por la fiebre, retorciéndose de dolor de estómago, solo le importa ver al doctor, que lo recete y le de la medicina. Si hablamos de males mayores, de cirugías, cánceres, diabetes avanzada y demás plagas que atacan, ni qué decir.

Conciliar las necesidades de los sufrientes, con la pasividad y el “ahí se va”, de tantos empleados, amerita controles férreos, capacitación –como se plantea les van a dar- y la simplificación administrativa, promesa sexenal de todos los niveles de Gobierno, jamás puesta en práctica.

Arriola puede lograr que se mejore la atención y, aunque la desesperanza cunde, quizás veamos un IMSS de nivel óptimo. Cuestión de seguirle la pista.

catalinanq@hotmail.com

Tuiter: @catalinanq