imagotipo

Jorge Carpizo / Razón de Estado / Joaquín R. Narro Lobo

  • Joaquín Narro Lobo

El próximo 30 de marzo se cumplirán cuatro años de su partida. Hace justamente cuatro años en este mismo espacio me despedí de él con la dificultad que implica dejar ir a quien tanto se quiso y de quien tanto se abrevó. Jorge Carpizo murió un 30 de marzo hace cuatro años, recostado en la mesa de un quirófano, y con su partida se fue la voz clara y firme de un hombre de instituciones, un baluarte de la ética pública y un jurista excepcional. La muerte de Carpizo fue, más allá de afectos personales, el silencio eterno de una inteligencia superior.

Cuando ocupó la rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México, su diagnóstico sobre las fortalezas y debilidades provocaron una convulsión en buena parte de la comunidad que, al paso de los años, permitió sacudir una comunidad anquilosada y oxidada que hoy se mueve y funciona como tejido principal de la sociedad mexicana. Por su impulso y convicción, fue posible crear la Comisión Nacional de Derechos Humanos, institución que a 25 años de su nacimiento se ha convertido en un pulmón que da oxígeno a un país que atraviesa por momentos críticos en lo que hace al respeto a la dignidad de la persona, a sus derechos y a sus libertades.

Como procurador general de la República, Jorge Carpizo se enfrentó a complejas situaciones como el asesinato del Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo a manos de sicarios del crimen organizado, pero también al crecimiento del narcotráfico como poder fáctico y como revulsivo de economías regionales que encontraron en la droga la respuesta a su histórica pobreza. Al frente de la Secretaría de Gobernación supo conducir el destino político del país en uno de sus momentos más complejos, cuando surgió a la luz pública el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, cuando mataron al candidato presidencial priísta, cuando mataron al líder de los diputados del mismo partido y cuando, como nunca antes en el siglo XX, los intereses internacionales se hicieron sentir.

Maestro de muchos y amigo de más, como Jorge Carpizo será difícil que México vea nacer a otro de sus hijos con todos los defectos y cualidades que lo hacían tan peculiar. Estridente por momentos, su pensamiento siempre supo ser ecuánime cuando se trataba de asuntos torales para la nación. Sin siquiera dudarlo, siempre puso los intereses colectivos por encima de los personales, aun cuando muchas veces esto pudiera causarle algún perjuicio en lo individual o a su círculo íntimo. Hizo, invariablemente, lo que consideró mejor para el país en el momento en el que le tocó decidir.

Jorge Carpizo fue un gigante de su tiempo. Se fue en la plenitud de su vida intelectual y académica. Días antes de cumplir 68, los riesgos de ingresar al quirófano se actualizaron y llenaron su cuerpo de muerte. Se fue apagando el genio poco a poco hasta que en un último respiro se extinguió la llama del maestro de incontables juristas, políticos y humanistas. Carpizo se fue hace cuatro años, pero en muchos quedan sembradas las enseñanzas no de la teoría y el dogma, sino del ejemplo y la praxis. Vive Carpizo en la ética de quienes fuimos sus discípulos de aula y de vida, de quienes admiramos su congruencia inquebrantable.
* joaquin.narro@gmail.com     Twitter  @JoaquinNarro