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Juan Gabriel De la fama al firmamento

  • Sonidos del alma: Francisco José Bernal

El mayor éxito es haber nacido

Alberto Aguilera Valadez
Era la madrugada del 7 de enero de 1950, la niebla cubría los bosques de encinos de una bellísima población: Parácuaro, Michoacán. Allí, y en el interior de una casa de adobe, una agraciada mujer, daba a luz un niño cuando el resplandor de la aurora iluminaba las callejuelas empedradas, habitadas por casas de adobe, cuya blancura resaltaba con el rojo intenso de sus tejados. En ese escenario de la naturaleza, llegaba al mundo Alberto Aguilera Valadez. Su padre un campesino de ojos azules le daba calor en sus brazos.

Dando un salto cuántico en el tiempo, el domingo 28 de agosto de 2016, después de 66 años de vida, a las 11:30 de la mañana muere Juan Gabriel en su casa de Santa Mónica, California, E.U., lejos de su México y su gente, su corazón dejó de latir y de amar para siempre; mas su alma seguirá unida al pueblo de México.

Esa misma noche, apareció en el cielo una nueva estrella.
SINOPSIS DE SU EXISTENCIA

Alberto, Albertico como le decían de cariño, fue el último en nacer de los 10 hijos de un humilde y apuesto labrador, Gabriel Aguilera Rodríguez y de una hermosa michoacana Victoria Valadez Rojas quienes integraron una familia con Rosa, la primera hija fallecida unos días después de nacida. Más tarde, Virginia, José Guadalupe, Gabriel, Pablo, Miguel, también fallecido, Rafael, dos hermanos más también fallecidos y finalmente Alberto (Juan Gabriel) el más pequeño.

Sufriendo la familia una serie de acontecimientos dolorosos y pobreza, muere el padre de la familia y comienzan los años que marcaron la vida de Juan Gabriel: abandono, soledad, sufrimiento infantil, cuya historia se inicia en un orfanato en Ciudad Juárez, Chihuahua, lugar a donde emigró la familia, trabajando la madre en una casa como empleada doméstica. De ahí se desprende una vida de contrastes.
SUEÑOS Y LÁGRIMAS

Triste y trascendente cambio en la vida de Juan Gabriel. A los 3 años de edad, en las sombras de un orfanatorio en donde su mamá le había dejado, recordaba la belleza de su pueblo, Parácuaro, sus manantiales de agua cristalina, ríos, lagos y más allá el pasado de las grandes haciendas con sus cascos mutilados por el tiempo más no su historia.

Haciendo un paréntesis, recordamos la Hacienda de La Perla, La Guadalupe que fue molino de arroz, Los Bancos y un ingenio azucarero, El Valle y La Colorada entre otras.

En ese escenario, un niño solitario, Juan Gabriel, le gustaba caminar descalzo por las veredas y después de la lluvia mirar en el espejismo de los charcos, el brillo de la luna y las estrellas. Por las noches le gustaba observar las pequeñas luces de las luciérnagas y el canto de los grillos.

El calvario de su historia se inicia al escaparse del orfanato, en donde aprendió el valor del sufrimiento y más tarde por las calles la constancia para ser un triunfador no obstante la adversidad y la injusticia.

Lamentable ausencia. Al morir Juan Gabriel, deja la imagen de un ser humano, sencillo, soñador, creativo, alegre; un artista de excepción por sus composiciones musicales. No es comparable con nadie porque es único.

Incansable en busca del amor, herido por el egoísmo, no obstante un vencedor que borró el dolor de su destino.

La música y letra de sus canciones son la realidad de la gente, de quienes ríen por fuera y lloran por dentro.

No obstante todo, ello sus últimos años fueron felices dando amor, amistad generosidad y entusiasmo.
PARA RECORDARLO

“Amor eterno”, “Abrázame” y “Noa Noa”.

EPÍLOGO

El contraste de su existencia:

En un orfanato: el abandono. En una cárcel: la injusticia. Y en el Palacio de Bellas Artes: el éxito y la inmortalidad.

Recordamos una particular frase de Juan Gabriel:

“Comprender, aceptar y perdonar”.