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Juego de palabras

  • Gilberto Destrabau

El populismo que destrozó a Brasil, ahora amenaza a México

Según el diccionario, el populismo es una “doctrina política que se presenta como defensora de los intereses y aspiraciones del pueblo para conseguir su favor”. No se trata, o por lo menos no ha sido demostrado, de una organización del tipo de la Tercera Internacional Comunista, con el objetivo de dominar al mundo. Identificada con partidos de izquierda, a últimas fechas está siendo vomitada por la franja de países latinoamericanos que engulló hace dos décadas.

La reciente caída de dos de sus íconos, y las dificultades que están encontrando para conservar el poder los que todavía gobiernan, han incitado a varios analistas de prestigio a encontrar las causas de las debacles ocurridas y por ocurrir.

Por ejemplo, Eduardo Porter, quien escribe la columna “Escena Económica” en el New York Times, apunta lo siguiente:

Según los pronósticos del FMI, la economía brasileña se encogerá 8 por ciento entre 2015 y 2017. El desempleo alcanzó el 11 por ciento en el primer trimestre. La transformación de Brasil en una economía avanzada, de nuevo parece ser un espejismo que se desvanece.

¿Qué pasó?

Con China comprando enormes cantidades de soya y hierro brasileños, con el dinero llegando empujado por las bajas tasas en Estados Unidos y las elevadas tasas brasileñas, Lula pensó que era un genio de las finanzas.

Él y su sucesora creyeron que habían creado nuevas leyes de la economía y cometieron errores críticos.

“El boom retrasó otras políticas más costosas: reformas judiciales, fiscales, educativas y del mercado de trabajo, así como la apertura comercial”, señala Alejandro Werner, director del departamento del Hemisferio Occidental del FMI.

Cuando Rousseff sucedió a Da Silva, apostó a la alternativa populista con más entusiasmo. Los beneficios del libre mercado, concluyó, no son para tanto. El tipo de reformas que prefiere el FMI, esas que ofrecen beneficios económicos a costa de tensiones políticas, no valían la pena. Mejor que el Estado dirija el desarrollo de la economía.

No tiene nada de malo que el Gobierno quiera estimular la economía durante una recesión. El problema del Gobierno brasileño es que no supo cuándo detenerse. En muchas ocasiones, sus intervenciones parecían responder más al oportunismo político. Los aumentos en el salario mínimo, un parámetro crítico para indexar salarios, pensiones y otros precios obtuvieron mucho apoyo. También fue popular en su momento el control de precios de la gasolina y la electricidad, que evitaron que se disparara la inflación por encima del objetivo.

La lección que se debe aprender de la crisis brasileña es que el desarrollo no es fácil. Es necesario invertir en capital humano y evitar el aislamiento. Incluso los países más exitosos del siglo XX, como Taiwán y Corea del Sur —que se desarrollaron con base en las exportaciones de manufacturas—, no ofrecen ya un modelo a seguir para un mundo en que pronto todo será manufacturado por robots.

Y, sobre todo, que las recetas fáciles no funcionan. Es mejor que México, como apunta alguno de los expertos, continúe siguiendo al pie de la letra, como lo ha hecho durante dos décadas, las indicaciones del FMI.

Buenos días. Buena suerte.

juegodepalabras1@yahoo.com