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Juego de Palabras

  • Gilberto Destrabau

  • Gilberto D Estrabau
  • Trump, los nazis y los chinos

Hay que reconocer que a la mayor parte de nosotros, a quienes tenemos que usar las calles y los transportes públicos, las manifestaciones nos estorban y encabronan. Y aunque allá en el fondo entendemos su razón de ser, las consideramos molestas e inútiles. Sin embargo, aún los más reacios, reconocemos que al menos ha habido dos que sirvieron para algo: la del 14 de julio de 1789, que inició la Revolución Francesa, y el plantón de los estudiantes chinos en la plaza de Tiananmen entre el 3 y el 10 de junio de 1989, casi exactamente 200 años después.

(Siempre se ha alabado la sabiduría de los chinos y hay razones: inventaron la brújula, pero no descubrieron América; conocían la imprenta, pero no publicaron periódicos; descubrieron la pólvora, pero no la usaron para la guerra).

Escriben, además, con suaves pinceles, en lugar de puntas de hierro. Tienen las poesías cortísimas y las filosofías inscritas sobre el dorso de las tortugas.

Y, si bien es cierto que Tiananmen, por un lado, terminó con una masacre, por el otro significó su apertura definitiva al mundo, con el éxito que ya conocemos).

Cuando los nazis comenzaron a asesinar comunistas, yo no hablé porque no era comunista. Luego asesinaron judíos, pero yo no hablé porque no era judío. Después, persiguieron a los sindicatos, y yo no hablé porque no pertenecía a ningún sindicato. Más tarde condenaron a los católicos, y yo no hablé porque soy protestante. Finalmente vinieron por mí, y entonces ya no quedaba nadie para hablar.

La anterior es una confesión del teólogo alemán, Martín Niemoller, y debemos leerla con mucha atención quienes protestamos contra las protestas, y nos manifestamos contra las manifestaciones, simplemente porque nos hacen llegar tarde a una cita o descomponen la paz urbana. Y es que estamos perdiendo de vista lo principal. Quienes hoy ejercen la libertad de disentir, están fortaleciendo nuestra propia libertad de disentir. El hecho de que no seamos maestros ni taxistas no garantiza que jamás, como personas o como grupo, no tendremos la necesidad de hacer escuchar nuestra voz de la manera más vibrante.

Ningún hombre es una isla, escribió el poeta. Cada persona que muere, es una parte de la humanidad que muere. No preguntes por quién doblan las campanas: las campanas doblan por ti.

Sí, en el fondo, quienes gritan consignas y enarbolan pancartas, lo están haciendo por todos nosotros.

Un ejemplo, cercano y doloroso, son las manifestaciones en Estados Unidos y en muchos otros países, contra la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. México no participa, no todavía, pero ciertamente está presente en cada grupo o cada persona que se pasea con un letrero de “No es mi presidente”. Esto es solamente un episodio, pero demuestra que tenemos intereses comunes que ni siquiera nos imaginábamos. Y que quienes corean reclamos contra situaciones y gobiernos, no salen a la calle a molestar por molestar sino, aunque cueste creerlo, en busca de un mundo más razonable y justo. Un mundo donde se escuche y se respete cada vez más la voz del pueblo, que tendrá que ser necesariamente un mundo mejor.

Buenos días. Buena suerte.

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