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Juego de Palabras

  • Gilberto Destrabau

  • Gilberto D’ Estrabau
  • Cogito ergo coito

Para comenzar quiero decir que me congratulo de que la flamante Constitución de la Ciudad de México haya consagrado el “matrimonio igualitario” como derecho ciudadano, ya que lo considero la excelsitud de la democracia, pues consigue una sociedad verdaderamente entre iguales, sin obligaciones, calidades ni distinciones por condición de género, un vicio fascista de los matrimonios convencionales.
MUJER, PABLO Y AGUSTÍN

Las uniones gay y el aborto se instalaron en la Constitución de la CdMx con la oposición feroz del partido Acción Nacional en su calidad de brazo político de la Iglesia Católica, y ésta no puede, sin echar a la basura veinte siglos de dogma y por lo menos dos santos –Pablo y Agustín de Hipona– aceptar la democracia entre los sexos. Bastante hace con fingir que la acepta entre los individuos.

La Iglesia tiene a la Virgen como amada, pero a la Mujer como enemiga, y así se plasma en la teología, que siempre fue ocupación de hombres. Le adjudicó a Eva el pecado original y prostituyó a Magdalena. ¿No fue la mujer culpable de que Adán perdiera el Paraíso? De todas las ideas de la humanidad, identificar el pecado con el sexo es la que mayores conflictos ha provocado. En el “Génesis”, el pecado original fue la desobediencia a Dios por escoger el conocimiento del mal y el bien; ese fue el origen de la Caída y la explicación de los males subsiguientes en la condición humana. La teología cristiana, vía san Pablo, confirió culpa permanente sobre la humanidad, por la cual Cristo ofreció la redención. Su contexto sexual fue principalmente formulado por san Agustín, cuyos forcejeos espirituales colocaron al dogma cristiano en oposición al más poderoso instinto humano. Un dilema cruel para los católicos sinceros.

San Pablo trató de resolverlo postulando “Que el hombre dé a la mujer lo que le corresponde, e igualmente la mujer al hombre”. Y los teólogos responden: así sea, pero para la procreación, no para el placer.
COGITO ERGO COITO

Dividir lo amativo de lo procreativo, como poniendo una espada flamígera entre ambos, es un mandamiento contrario al hábito humano. Sin embargo, sigue el principio del hijo de Mónica de que Dios y la naturaleza pusieron deleite en la copulación “para impulsar el hombre al acto“ y preservar la especie. Usar la copulación para deleite, sentenció el de Hipona, es un pecado contra Dios.

Y como la copulación entre dos personas del mismo sexo no procrea, aunque sí, presumiblemente, deleita, el PAN y la Iglesia Católica jamás lo admitirán. Lo cual, naturalmente, debe valerle gorro a un Estado cuya Constitución en ninguna parte establece como un derecho de sus ciudadanos -y mucho menos como un deber– reproducirse. Pero de esto nos ocuparemos, “Deo volente”, en futuros tratados, en los cuales desmenuzaremos el mamotreto que nos asestó Mancera y el Priorato de Sión que lo acompañó en su funesta tarea de seguir acumulando leyes, reglamentos, obligaciones, prohibiciones y alcabalas sobre los habitantes de una de las ciudades más bellas del mundo, también de las más tristes.

Buenos días. Buena suerte.

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