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Juego de palabras

  • Gilberto Destrabau

  • No hay cojones en la política mexicana

El latín coleo, “bolsa de cuero”, y su acusativo coleonem, dieron origen a las voces españolas cojón y cojones, así como a sus correspondientes en las demás lenguas de la zona: catalán, colló~collóns; portugués, colhâo~colhôes; francés, couille~couilles; provenzal, colh~colhs; italiano, coglia; rumano coiu y árabe magrebí, qlawi.

Aunque no tendrían ningún derecho, más que el mismo que usaron para quedarse con la mitad de nuestro territorio en el pasado, y en el presente levantar un muro ignominioso, sobre el vocablo, una galaxia de políticos gringos se ha apoderado de “cojones” –así, en español, no en su traducción que sería, entre otras, “balls” – y fue muy comentada la alegoría en que los empleó la excandidata vicepresidencial Sarah Palin, al declarar en un noticiero televisivo que al expresidente Barack Obama le faltaron cojones para manejar el asunto de la inmigración en los Estados Unidos.

Otros usuarios del cojones –así, en español, insistimos- en sus expresiones públicas han sido los expresidentes John F. Kennedy y George W. Bush; la secretaria de Estado en tiempos de Bill Clinton, Madeleine Albright; el exgobernador de Carolina del Norte, Mike Easley y el analista liberal James Carville quien, durante el pasado proceso electoral estadunidense, al evaluar cuál de los dos candidatos era más fuerte, si Hillary o Trump, dijo: “Si ella le diera a él uno de sus cojones, ambos tendrían dos”.

Aunque cojones es un término absolutamente castizo, las políticas y los políticos mexicanos no lo usan.

Quizá es uno de los aspectos de la filosofía de la igualdad de género: la eliminación retórica -ya que sería algo radical, y en muchos casos innecesario- la eliminación física de una de las diferencias más conspicuas entre los sexos. No creo que porque sean muy propios y semánticamente acicalados ellas y ellos, especialmente ellas, con los admirables ejemplos de la morenista Claudia Sheimbaum, delegada y aspirante a la gubernatura de la Ciudad de México, y de la panista Xóchitl Gálvez, también delegada y también aspirante a la semicorona de Mujer- Serpiente (que nadie se ofenda: en la jerarquía oficial imperio mexica, el Huey Tlatoani se encargaba del Gobierno del imperio, y un funcionario que recibía el título de Mujer-Serpiente –posiblemente porque necesitaba las cualidades ambas especies– hacia las veces de secretario de Gobernación y de administrador de Tenochtitlán).

En fin, que comprobando que en política mexicana los cojones tienen escaso -si algún- protagonismo, los gringos los han incorporado a la jerga washingtoniana y washingtonante, consumándose así otro despojo, en este caso, a nuestro patrimonio cultural.

Pero que no panda el cúnico, como aconsejaba el profundo filósofo mexicano Roberto Gómez Bolaños. Estos tratados van al rescate, y en próximas entregas nos proponemos comenzar a devolverle a los cojones el lugar que nunca debieron haber perdido en nuestro idioma, nuestra cultura y nuestra política, especialmente en nuestra política, tan risiblemente eunocoide en tantos aspectos.

Porque se van a necesitar.

Buenos días. Buena suerte.

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