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Juego de Palabras

  • Gilberto Destrabau

  • Gilberto D Estrabau
  • Ayer, delito; hoy, legal; mañana, obligatorio

Creo que fue Simone de Beauvoir –y en “Por una moral sin dogmas “, pa’cabarla de chinar– que lo único que la consolaba de ser mujer era la seguridad de que no tendría que casarse con otra. Si viviera, y si viviera en México, ni ese consuelo le iba a quedar a la tempestuosa musa de mi maestro Jean-Paul Charles Aymard Sartre.

Y es que con las actitudes de la sociedad, el Gobierno y el Poder Judicial hacia la comunidad lésbico-gay, se está consolidando un fenómeno interesante: inicialmente, la homosexualidad era un delito. Ahora, se le acepta y empodera. El siguiente paso es tan ominoso como inevitable: será obligatoria.

Por su parte, la Comisión para los Derechos Humanos de la ONU ha manifestado que el matrimonio entre personas del mismo sexo es un derecho tan humano como todos los demás y que la Organización  siempre ha estado a favor del goce pleno de los derechos de todas las personas, independientemente de su orientación sexual.

Y por su parte, nuestro Máximo Ajonjolí de Todos los Moles -también conocida como Suprema Corte de Justicia de la Nación– también ya hace tiempo que avaló el matrimonio entre personas del mismo sexo en la Ciudad de México.

(Y es que la SCJN es por su propia naturaleza la gran maniquea. No es crítica, es descripción. Su función es decir blanco o negro, sí o no. Una ley, un decreto, un acto de la autoridad, es constitucional o no lo es.

Y en el caso de las reformas al Código Civil aprobadas al respecto por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal –recogidas, como jijos de la chinada no, en su flamante Constitución- pues los supremos no encontraron en la Constitución de 1917 nada que las invalidara. Y es que en 1917 (aunque ya había ocurrido la famosa razzia de “los 41”, uno de los cuales era yerno del propio presidente Porfirio Díaz) los mexicanos éramos todavía bien inocentes. O, si no inocentes, puritanos, victorianos (de la reina Victoria, no de Huerta). Y usted recordará que cuando Disraeli le llevó a la reina el proyecto de ley que calificaba la homosexualidad como delito y la punía con privación de libertad, la reina tachó todo lo concerniente a la homosexualidad femenina, pues no concebía que las mujeres pudieran practicarla. Así que legalmente nunca hubo, ni hay, en Inglaterra, lesbianas, tribadas, tortilleras, que les llaman en mi pueblo. Quedó como único delito la práctica de la sodomía entre varones, que fue lo que le probaron a Oscar Wilde, y lo que lo mandó a la cárcel).

En fin. Que si doña Simona estuviera en México en éste 2017, no habría nada que le impidiera, de desearlo, casarse con una mujer. Esto, como mencionábamos, le reconcomía tanto que la tranquilizaba su imposibilidad. Esa imposibilidad ya no existe. Debe estar dando vueltas como pollo en rostizador en tumba que comparte con Sartre en el cementerio de Montparnasse (a pocos metros de la de mi general Díaz, Q.E.P.D.).

Como coda del allegro, apuntemos aquí que nuestra gran capital cuenta ya con una Oficina de Turismo Lésbico Gay, sita en la esquina de Amberes y Hamburgo, Zona Rosa. Debutó con una invitación a una pareja homosexual casada en Argentina a que viniera a pasar su luna de miel en Acapulco. No aceptaron. Dijeron que era como un tour de la Escuela de Mecánica de la Marina, en tiempos de Videla.

Buenos días. Buena suerte.
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