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Juego de Palabras

  • Gilberto Destrabau

  • Papamóviles para todos
  • Gilberto D Estrabau

El lunes en la tarde el estadunidense John Rock Schild entró la catedral metropolitana y cuando se encontró frente a la barrera del altar la brincó, sacó un cuchillo e intentó degollar al sacerdote Miguel Ángel Machorro, quien decía misa.

Hasta el momento en que se escriben estas líneas el padre Machorro, herido en un pulmón, se debate entre la vida y la muerte en el hospital Mocel, y Rock Schild –si es que ese es su verdadero nombre– se ha negado a declarar. Lamentando profundamente el hecho, ninguna de esas cosas es lo importante: lo importante es si se va a hacer algo para proteger a quienes acuden a las iglesias, incluyendo, por supuesto, a los ministros de culto, quienes también son hijos, o al menos entenados, de Dios.

Lo primero podría ser la instalación, como en todas las oficinas de Gobierno y la mayoría de las empresas privadas, de arcos detectores de metales en los accesos de los templos, atendidos por policías armados, ya sean de seguridad privada o federales. El uso de estos últimos parece lo correcto, ya que constitucionalmente todos los edificios religiosos de cualquier denominación son propiedad del Estado mexicano.

Cuando empezó la moda de secuestrar aviones, las agencias de seguridad, especialmente las estadunidenses, tomaron como una medida de precaución embarcar en los vuelos a policías armados, quienes se hacían pasar por pasajeros comunes y corrientes. O el programa se descontinuó antes de tiempo, o valió para dos cosas, como se demostró en el multitatentado aéreo del 11 de septiembre de 2001,en Nueva York y Washington.

En el aire los policías encubiertos no funcionaron, pero es posible que en tierra sí den resultado. Digo, porque a lo mejor no es mala idea que en cada misa, asistan de paisano tres o cuatro policías federales, que busquen sospechosos entre los feligreses. Eso, o un cordón de policías de uniforme alrededor del altar.

Pero esto quizá atentaría contra la concentración y la unción de los fieles.

En sustitución del cordón de granaderos, se me ocurre un sistema consagrado por la costumbre y la jerarquía: una versión estática del papamóvil. Esto es, una caja de plástico a prueba de balas, y de intrusos con arma blanca, que podría instalarse permanentemente protegiendo los altares, los sacerdotes y sus ayudantes, o bajarse del techo mediante poleas, como las escenografías en los teatros. Estas armazones tendrían al frente ventanillas como las protegen a los cajeros de los bancos, para que los padres puedan pasar la hostia en la comunión sin que les seccionen la yugular (como al parecer era la intención del atacante del padre Machorro… quien, por cierto, hizo honor a su apellido, pues se defendió de Rock Schild, olvidando de momento el mandato bíblico de poner la otra carótida).

Todas las anteriores son medidas más o menos voluminosas, pero también hay aspectos personales que los padrecitos deben tener en cuenta. Por ejemplo, el uso de chalecos blindados, o ya entrados en gastos, sotanas blindadas, con alzacuellos de kevlar, a prueba de cuchillos, navajas y picahielos.

En cuanto a la protección del cráneo, no se nos ocurre más que aprender de las fuerzas armadas o del futbol americano: ver a un sacerdote con casco y reja delantera, echándose su alipús con un popote, puede resultar extraño al principio, pero todo sea por la conservación de la carne y el perdón de los pecados.

Buenos días. Buena suerte.

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