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Juego de palabras

  • Gilberto Destrabau

  • Póker de reinas

Mientras los priistas escandalizan a la vieja guardia y descandadizan a la nueva, la vida sigue su agitado curso, y la Ciudad de México, luego de varios liftings y aplicaciones de botox que la han soberanizado, estatizado y constitucionalizado, se involucra cada día más en la emocionante tarea de tratar de gobernarse a sí misma, desprendiéndose cada vez más, pero no totalmente, de la Federación que la ha tutelado durante toda su historia.

Botín político de espléndidas proporciones, yacimiento de votos que pueden decidir elecciones generales e intermedias, trampolín  que ha impulsado a todos sus gobernantes electos a precandidaturas y candidaturas presidenciales, la silla ahora gubernatorial de la CdMx es codiciada por todas la formaciones políticas de envergadura, excepto, curiosamente, el oficialismo. Éste, en su regreso al poder, le ha dado una larga cordobesa a la capital republicana como si considerara más útil conservarla como una válvula de escape a las inquietudes de la oposición, o como parte de uno de esos acuerdos en los oscurito de los que todo el mundo habla, pero que nadie puede probar, o simplemente porque ninguna de sus figuras de alto voltaje ha querido arriesgarse a darse un tropezón en el Zócalo, que le deje la carrera como falda hawaiana.

(Cuando, el 4 de septiembre de 2012, Rosario Robles Berlanga fue presentada por el presidente electo Enrique Peña Nieto como parte de su Gabinete de Transición, y luego, cuando la invito a sentarse en los asientos de adentro como ministra de Desarrollo Social, fuimos varios los que pensamos que el mexiquense, ahora sí, estaba decidido a pagar la vieja deuda con la militancia chilanga, y recuperar la capital para el PRI. Y cuando hicieron a su hijita, Mariana Moguel, presidenta del tricolor local, la profecía pareció confirmarse. Pero no, Marianita dejó el PRIDF peor de lo que estaba, si eso hubiera sido posible, y nuevamente las cortinas moradas cubrieron la fachada de Puente de Alvarado 75).

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Cuando faltan 346 noches para que los mexiqueños -un gentilicio nada gentil- nos enteremos de quien nos hará la vida imposible por los siguientes seis años, una encuesta de Mitofsky para El Economista revela que las preferencias de los votantes se inclinan por cuatro damas. Martí Batres podrá desgañitarse como en sus tiempos de porro universitario, y Ricardo Monreal manipular sus alambiques y retortas de alquimista de cinco estrellas –no sabemos de ningún otro caballero, de cualquier partido, que haya levantado la mano para la posición–, pero el eterno femenino los aspira, o barre, a todos.

Las señoras son:

Claudia Sheinbaum, jefa delegacional en Tlalpan, de Morena, con una demoledora preferencia de 29.3%.

Alejandra Barrales, senadora de la República, presidenta del PRD, le sigue con 18.5.

Xóchitl Gálvez, jefa delegacional en Miguel Hidalgo, del PAN, con 13.3%.

Rosario Robles, secretaria de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu) del gobierno federal, 10.1%.

En un año, en política, todo puede ocurrir, y generalmente ocurre. La ventaja de Sheinbaum es impresionante, pero doña Alejandra Grajales no es manca, y si le sale la martingala del Frente Amplio Democrático, que construye principalmente con el PAN, podría dar la sorpresa. Pero a Rosario, sentimos decirlo, parece que no la salva ni otro Nocturno de Acuña.

Buenos días. Buena suerte.

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