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Juego de Palabras

  • Gilberto Destrabau

  • Gilberto D’ Estrabau
  • ¿Qué pasó con los pobres?

 

Una limosna di a un pobre y me bendijo a mi madre.

¡qué limosna tan chiquita, pa’ una bendición tan grande!
Como comprobará usted si sigue adelante, los versos del epígrafe (parecen de Machado, de Manuel, que era el que escribía cantares) tienen poco o nada que ver con el texto. Pero es bonita la copla, y entra bien por soleares.

Ahora que entramos en los supermeses electorales del sexenio, los pobres se vuelven a poner de moda. Pues son, con mucho, la mayoría de la población, y sin ellos no gana nadie. Así que, sin importar ideologías, todas las formaciones arman, como las tiendas departamentales en Navidad, sus ofertas y paquetes buscavotos. Paralelamente, se empacan cifras como ladrillos paras lanzarlos a la cabeza del rival  o  como grúas con férreas mandíbulas para sacar al balcón a personajes que, según sus críticos, compiten con el propio Altísimo en la producción de necesitados, y están a la altura del arte de aquel filántropo, el señor don Juan de Robles quien, según el epigrama colonial, con caridad sin igual, hizo este noble hospital, y también hizo los pobres.
Identificación de los pobres, ciencia de nuestro tiempo

Hace un par de semanas, los expertos en pobrología de dos instituciones que hasta ese momento eran consideradas serias, se agarraron del chongo por el cambio de sistemas de una de ellas, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) que con un click borró de la estadística 10 millones de marginados, y el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). Pero fueron sacados de los titulares rápidamente por los excesos de la CNTE en el sureste y del director de la Conade en el Coño Sur. Finalmente, nos quedamos  sin saber quiénes somos pobres en México y quiénes no.

Porque antes era  fácil distinguir a los pobres de los ricos. Los ricos usaban fastuosos vestidos de seda, los pobres cuando mucho un taparrabos. Ahora  todo el mundo anda uniformado: tenis, mezclilla y camiseta para la princesa altiva, y tenis, mezclilla y camiseta para la que pesca en ruin barca.

No cortarse el cabello ni rasurarse, que antes distinguía inmediatamente al magnate del jodido, es ahora el “nec plus ultra” (lo máximo) de lo chic y distinguido entre la “jeunesse dorée” (juventud dorada). Y de usar andrajos ni se diga. Alguien que se atreva a salir a la calle sin un desgarrón que deje ver las pompas, se está identificando  inmediatamente o como un parvenu (advenedizo) y un demodé (pasado de moda) irredento o como un@  ciudadan@ con domicilio intermitente en las calles de Artículo 123.

Si no se puede reconocer a los pobres por su apariencia, afortunadamente para quienes los necesitan para sus trabajos políticos todavía es posible identificarlos por sus aspiraciones. Un pobre es alguien que cree en los milagros, y se les encuentra  entre quienes van en peregrinación a La Villa o, en moda creciente, cada 28 de mes, al templo de  San Hipólito a encomendarse a San Juditas Tadeo, patrono de los amantes de lo ajeno.

También se puede distinguir a los pobres, porque no se distinguen en nada. Jamás ha habido un pobre importante.
Perdón. Sí hubo uno. Lo crucificaron.
Buenos días. Buena suerte.
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