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Juego de Palabras

  • Gilberto Destrabau

  • Gilberto D Estrabau
  • Semana Azteca presenta: El presentismo, peor que el ausentismo

Como ya se ha manoseado bastante, para 2030 México recibirá un bono demográfico de población económicamente activa joven. Para entonces también, el 20 por ciento de la fuerza laboral será mayor a los 50 años, con su salud deteriorándose.

Esto producirá una alta tasa de ausentismo, considerado hasta hace poco como el peor enemigo de la
productividad.

Porque ahora se sabe que no es el ausentismo la amenaza, sino un fenómeno que ha recibido el sugerente apelativo de “presentismo”.

El presentismo, tal como lo definen los expertos, es estar presente en el lugar de trabajo, pero dedicado a otras cosas.

Este fenómeno, aseguran los estudios realizados, tiene mayor impacto que el ausentismo, y  a veces ir a trabajar provoca hasta un cinco por ciento más de pérdidas que no ir a trabajar.

Esta aparente parajoda es menos complicada de lo que parece si acudimos, siguiendo el ejemplo del profesor inglés Cyril Northcote Parkinson, a la burocracia mexicana. Tanto la alta, como la baja y la mediana (aunque de esta última, autobautizada pomposamente como “mandos medios”, habría que decir que no es de chile, ni de dulce, ni de manteca, y no tiene caso desperdiciar en ella ni su tiempo, ni el mío).

Pero veamos a los burócratas de a pie. Si uno de ellos, o cien o mil, decide(n) incapacitarse no pasa nada, y la vida sigue su agitado curso. Pero si nuestro héroe, o heroína, se presenta lo hará para, durante un rato, tejer, comer tortas, e intercambiar chismes. Ya descansad@, empezará sus rondas organizando tandas y vendiendo ropa, zapatos y joyería.

Así, no completará ninguna de las tareas que tiene asignadas, perderá su tiempo y se lo hará perder a sus compañeros, con ese  impacto monstruoso de cinco por ciento antes mencionado.

En el otro extremo de la cadena alimentaria, tiburón se baña, pero salpica. Si el señor secretario –víctima quejumbrosa  seguramente de una resaca G plus– no acude a sus oficinas de Reforma (todas las dependencias gubernamentales tienen sus oficinas centrales en la periferia de la ciudad, y todos los titulares tienen rentados pisos o edificios enteros en Paseo de la Reforma, porque hay que estar cerca de la buchaca) si el señor, decía, se declara incapacitado (siempre lo ha estado, pero lo reconoce intermitentemente) y no se presenta, no pasa nada. Pero si se presenta, las líneas telefónicas y las ondas hertzianas empiezan a echar humo, por la  ígnea grilla que por ellas circula.

Los rumores más recientes son discutidos sesudamente, los defectos de los colegas expuestos con exquisita saña, y los atractivos de secretarias y edecanes analizados al estilo de Félix Cervantes (quien decía que armaba sus revistas del “Blanquita” con puras viejas escogidas por él).

Total, que entre llamadas a los cuates y juntas con el secretario particular y el oficial mayor, que son quienes le manejan la lana, se va la corta mañana que empezó a las doce, y llega la hora de la comida en uno de los restaurantes de moda de Polanco.

Si se considera que gana alrededor de 300 mil morlacos mensuales, ese día desperdiciado le cuesta al erario más de 10 mil del águila, si le va bien.

Buenos días. Buena suerte.
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