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Juego de Palabras

  • Gilberto Destrabau

  • Gilberto D Estrabau
  • La Oreja de Van Gogh y el jalogüín

Les fascina disfrazarse, y es en lo único que se parecen los niños y los políticos. Porque claro que es posible que  un niño llegue a convertirse en político, pero es imposible que un político se convierta en niño.

En estos días festejamos la muerte. Cada quien a su modo, pero todos convencidos de que hay que estar bien con la huesuda, porque hagamos lo que hagamos, nadie va a salir vivo de aquí. En México, los adultos le reservan a la dama de la guadaña dos días, y les llaman a ambos Día de Muertos,  chicos y grandes, pero todos domiciliados en el lote silencioso. En Tampico, frente al camposanto hay una cantina. La publicidad de la taberna es breve pero efectiva:  “Aquí se está mejor que enfrente”.

Otros países celebran más oblicuamente. En Francia, por ejemplo, no se conoce el dos de noviembre como Día de Muertos, sino como “ Toussaints “, Todos Santos, y durante 24 horas solo funcionan hospitales y cementerios. Los irlandeses prefieren irse también por la tangente y, para escándalo de su mitad católica, continúan celebrando al comienzo del invierno el festival de Samhain, que es el inicio del Año Nuevo celta.

Para disimular le llaman a la noche del 31 de octubre “All Hallows’ Eve” –Víspera de Todos los Santos– y una corrupción de esa frase, nos ha llegado a través de los Estados Unidos como “Halloween”.

Víctimas de una transculturización parcial, todavía no son muchos los niños mexicanos que salen en bandadas las noches del 31 de octubre a tocar puertas y pedir dulces.

Pero los hay, y piden su donativo a caballo entre dos tradiciones. No piden “treats or tricks”, extienden una lata, un vaso de plástico, o la simple mano y preguntan “¿Me da mi calaverita?”. En las actuales circunstancias deben tomar precauciones. Puede que los complazcan, pero que le entreguen la calavera recién cortada, y aún munida de alimento para gusanos.
CAMPAÑAS Y JALOGÜÍN

Ahora estamos a tiro de corcholata  de iniciar dos años de campañas electorales, que son dos años de carnaval o jalogüín, lo que ocurra primero. Porque los políticos siempre están disfrazados. Ellos salen de diablos. No es la máscara que escogerían, pero sus rivales se la encasquetan y ni modo. Ellas salen de brujas. La mayoría no necesita disfraz.

Durante las campañas, la(o)s  polític@s se colocan su aureola y sus alas y salen pedir. No quieren oro ni quieren plata -de momento, eso es– lo que les anda es romper la piñata  (ya se me revolvieron el jalogüín y las posadas).

Esa gran piñata en forma de urna electoral, que adorna todas sus festividades ceremoniáticas.

Quieren su calaverita en forma de boleta, con una cruz -con la inglesa hemos dado, Pancho– bien marcada sobre su nombre o, si no es mucha molestia, sobre el logotipo del partido, “más seguro, más ‘marrao’ “. Y ya que se maquillaron y encimaron el vestuario, para conseguirla harán todas las gracias, maromas, machincuepas, saltos, bailes y declamaciones. “Lend me your ears”, hace decir Shakespeare a Marco Antonio en su célebre elogio mortuorio ante el ara de César. Préstenme sus orejas, amigos, paisanos. Pero cuidado si los complacemos. Podemos quedar todos como Van Gogh.

Buenos días. Buena suerte.
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