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Justicia de Hollywood/ De Justicia y Otros Mitos / Sergio Arturo Valls Esponda

  • Sergio Valls Esponda

El pasado 28 de febrero, cerca de medianoche, el Ángel de la Independencia fue testigo de una inusitada manifestación. Se congregaron cientos de personas para celebrar que le fue otorgado al norteamericano Leonardo DiCaprio el Óscar al mejor actor por su trabajo en la película “El renacido”. Interrogados por perplejos reporteros, algunos jubilosos participantes afirmaron que “se hizo justicia” porque “ya le tocaba”.

Resulta interesante saber qué entienden estos enjundiosos ciudadanos por justicia. Considerando que las estatuillas son repartidas con criterios bastante turbios y a menudo afectados por intereses comerciales, uno imagina que es el corazón y no la cabeza lo que mueve las voluntades desde el sillón de la sala hasta la avenida Reforma. Es obvio: hay más ganas de celebrar, aunadas a las simpatías que suscita el actor, que apetito de justicia. A decir de las crónicas y los reportajes, muy poco parecía importar que dos mexicanos, Alejandro González y Emmanuel Lubezki hayan ganado sendos Óscares históricos.

Cabe preguntarnos cómo puede ser justo un premio que depende de la apreciación de sujetos antes que de evidencias objetivas. Un corredor que llegó primero a la meta es el ganador indiscutible de la carrera. Es un hecho objetivo que no está sujeto a valoración. Pero en materia de opiniones la cosa cambia. En 1977 aspiraba al Óscar una película que, a decir de la crítica especializada es de las mejores que se han filmado en Estados Unidos, “Taxi driver”; también contendía “Rocky”, con menos méritos artísticos. Pues bien, ganó “Rocky”. ¿Fue esto injusto? Opino que no. En cualquier caso fue una decisión decepcionante para muchos y previsible para otros. La historia, como suele ocurrir, ofreció un veredicto distinto. “Taxi driver” pasó a los libros como una gran película de culto que explora la sordidez de los bajos fondos de una urbe como Nueva York, mientras “Rocky” se ganó un lugar como una de las cintas más taquilleras por su tratamiento aspiracional del Sueño Americano.

Lo cierto es que el cine de Hollywood influye el criterio de los mexicanos, desde las formas de contar una historia, hasta la manera de abordar grandes conceptos como la libertad, la justicia o la igualdad. Ese cine supo representar los paradigmas de la justicia en un conflicto legal dirimido en una Corte. Se nos planteaba un dilema, se nos inducía a tomar partido, se nos torturaba con peripecias adversas a la causa justa y al final, tras un dramático alegato del abogado héroe, con música de fondo un juez severo pero ecuánime daba un veredicto justo. El espectador, moqueando, está convencido de que hay sistemas en los que sí “se hace justicia”.

Quien vio las nominadas al Óscar este año, habrá comprobado un curioso hecho: el cine norteamericano se está contagiando de corrección política y aborda el tema de la justicia con tratamientos diversos. “El renacido” trata de un hombre que busca al asesino de su hijo para impartir la Ley del Talión. “Spotlight”, la película ganadora, reproduce la historia de unos periodistas que investigan a unos sacerdotes pederastas para favorecer que sean juzgados y castigados. “Mad Max”, en esencia trata de una guerrera que enfrenta el poder de un tirano.

Quienes fueron al Ángel con júbilo justiciero, bien harían en ver la película de Tarantino “The hateful eight”, donde un personaje, no importa si bueno o malo, dice poco más o menos las siguientes palabras: “el verdugo que tira de la palanca debe ser un hombre sin emociones. Y esa carencia es la esencia misma de la justicia. Porque la justicia impartida con emociones siempre está en peligro de no ser justicia.” Al final no nos debemos preocupar tanto, la justicia no ve cine. Es ciega, dicen.