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De Justicia y Otros Mitos

  • Sergio Valls Esponda

  • Sergio Arturo Valls Esponda
  • Entre copas

Para quienes contamos al futbol entre nuestros vicios resulta que, gracias a enormes intereses económicos, tendremos la oportunidad de ver durante los próximos días lo mejor del viejo continente con la Eurocopa y del nuevo con la Copa América. ¿Cuál es mejor? ¿Qué existe entre copas?

En los temas fundamentales de la cultura de América, la influencia de Europa es absoluta. El origen del futbol –nos aseguran–  está en Inglaterra. Y quizá no les falte razón. La Historia ha demostrado que en el siglo I de nuestra era, legionarios romanos destacados en Britania, ya jugaban una cosa llamada harpastum. Se le considera el antecedente del calcio, que se jugaba en Italia en el siglo XVI, y es un modo primitivo del balompié. Cuentan los eruditos que se trataba de un deporte muy violento. Se permitía el uso de las manos y quien llevaba el balón recibía despiadadas agresiones de los oponentes. Algunos dejaron la vida, literalmente, en la cancha. Por eso, según algunos historiadores, los clubes asociados, entonces universitarios, resolvieron crear un reglamento que regulaba la rudeza y prohibía el uso de las manos. Todas las universidades estuvieron de acuerdo, menos una: la de Rugby.

Para nadie es un secreto que al futbol lo trajeron a México trabajadores ingleses en pleno auge minero del siglo XIX. La práctica de este deporte se desarrolló junto con los procesos históricos más importantes de nuestro país, que derivaron en la construcción de “el México de las instituciones”. Quizá por eso el futbol ha sido un fiel reflejo de los comportamientos legales, de los procedimiento, de las reglas del juego dentro de la cancha, fuera de ella y “en lo oscurito”.

La justicia en nuestro continente se parece mucho a la del futbol. Puede pasar casi todo a veces en el último momento, la sospecha respecto a las decisiones que se toman siempre estará presente. El árbitro representa también al ser humano a la falibilidad. Entre 22 semidioses, existe alguien que es humano, que quiso ser jugador pero no le alcanzó.

En la cancha somos iguales a nuestros conquistadores. La tragedia lo hace cercano a nuestras vidas. Es un deporte en el que el físico no es tan decisivo. Hay chaparros, flacos o regordetes. Menores de 17 o mayores de 40.  Y son héroes.

Cuando miro un partido, por noventa minutos me convierto en el niño que nunca dejé de ser por completo. Puedo gritar y abrazar a un desconocido. Soy parte de mi tribu. Participo de una escuela de sufrimiento o de paciencia por la gloria. Es un poco creer en los milagros.

La violencia, uno de los temas escabrosos que rodean a este deporte, no habla de futbol, habla de la sociedad. Si algo ha caracterizado a la Eurocopa es el salvajismo de sus seguidores. Supimos que por tres días el centro de Marsella fue tomado por ingleses y rusos enfrascados en palizas que acaban en tragedias. Niza, ciudad que solo quiere ser reconocida por su homenaje a las artes cinematográficas, se convierte en campo de batalla entre alemanes y ucranianos. Hay entre esos países deseos de venganza, complejos, leyendas. Agravios imperdonables.

Lo mejor que le puede ocurrir a una copa continental, es que refleje el nivel de excelencia de su deporte. Ojalá que también sea un espejo social cuyo reflejo no diga salvajismo, odio, corrupción. Entre copas me quedo por lo que pasa dentro y fuera de las canchas con la nuestra. ¡Salud!