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La belleza de sonrojarse

  • Mujeres en busca de sexo / Celia Gomez Ramos

¿Estaremos tan acostumbrados a vivirtan a prisa, que ya hasta el sonrojo pasó de moda?

Lo que parece ser tendencia y moda, es nombrar fobia a muchas cosas. Porque nosotras, me refiero a mis amigas y a mí, no teníamos idea que existía la “eritrofobia”, que se supone que es el miedo a enrojecer de forma excesiva en sociedad. Así lo encontramos en la red, y por supuesto, nos generó muchas preguntas.

¿Qué significaba eso de enrojecer de forma excesiva en sociedad? ¿Acaso que el color pareciera sangre y por lo mismo resultara motivo de rechazo no solo varonil, sino también femenil? Nadie se sonroja así, a menos que tuviese alguna enfermedad, y miren que estamos a la orden del día en eso, porque no nos estamos adaptando a lo que vivimos. En realidad, nos estamos enfermando. Claro, ese es un tema del que nos habremos de ocupar otro día.

Entiendo que el sonrojo pueda venir por cuestión de estrés, como efecto secundario a un bloqueo de la mente en un instante. A mí me ocurría, que cuando tenía que hablar en público o exponer en clase, se me olvidaba lo estudiado. Seguramente no lo había aprendido bien, pues el estrés me dominaba. Incluso cuando declamaba, una afición de mi abuelo, heredada a las siguientes generaciones, también se me olvidaban los poemas, más si participaba en un concurso. Yo aprendí a boicotearme sola, nunca necesité que alguien me ayudara. Sin embargo, de eso, a que considerara el sonrojo una fobia, nada qué ver. La fobia hubiese sido, a tener miedo.

A algunos, les pasa que por vergüenza se sonrojan, y esa es una linda forma de mostrarse frente a otros seres humanos. Nos habla de los pequeños detalles al mirar, del candor que todavía conserva alguien. Al ser un acto espontáneo, nos muestrala autenticidad individual.

Florencia nos comentó que a ella le gustaba cuando un varón no las tenía todas consigo y se sonrojaba un poco en el galanteo, o cuando a ella le ocurría.

La más arrebatada de nosotras, Marcia, nos dijo también que a ella le fascinaba cuando ponía en jaque a un hombre y lo sacaba de centro, cuando notaba que se turbaba un poco, sonrojaba y titubeaba. Aunque a ella no le gusta ser la que se sonroje, porque disfruta con el control de las personas y hasta las atmósferas en las que se encuentra. Sin embargo, resulta contradictoria, como todas lo somos ¡al fin y al cabo!, porque desea ese instante preciso, en que se pueda dejar ir sin poner cortapisa alguna.

¿Qué tanto se acercarán, el peligro y la vergüenza?, se, y nos, preguntóCarlota, la mayor del grupo de amigas, porque a mí me parece –nos expuso–que es por estos motivos por los que el sonrojo puede darse. A mí me ocurre cuando salgo de mis rutinas y me enfrento a situaciones nuevas. También cuando me percato de algún coqueteo, acostumbrada, vaya palabrita, a que eso ya está fuera de mi radar.

¿Por qué el coqueteo tiene que encontrarse fuera del radar de una?, le preguntamos entonces las demás a Carlota. ¿Por qué siempre hemos de quedarnos en nuestros espacios de confort?¿Por qué todo lo sentimos como amenaza?, si se supone que como parte de la naturaleza, somos seres de aventura, cazadores y catadores. ¿Dónde dejamos todo eso?¿Acaso se supone que por el hecho de llevar una relación, estar casado, el coqueteo más que una emoción hermosa, puede generarnos un problema? ¿Acaso el hecho de que nos descubramos sintiendo, sonrojadas, con emociones, sin todo el control, desata nuestra ira y nos lleva a santiguarnos?

¿Acaso tener determinada edad nos hace olvidarnos de nosotras mismas, de nuestras sensaciones y nuestras emociones, nos hace olvidarnos de nuestra animalidad, de nuestros instintos y nuestros deseos? Definitivamente no, todo es cuestión de haber transformado una emoción carnal en peligro. ¡Qué adormecidos estamos!

Me gusta ese pequeño detalle del sonrojo en alguien, por ser preámbulo de la codicia. Un llamado a la imaginación, a la inspiración. Voracidad. Al requiebro con que se me descompone el cuerpo. Ese color rosáceo en las mejillas y un mínimo temblor en la voz, me lleva a la franqueza que todavía podemos tener al mirarnos de frente, al olernos y medirnos. ¿Cuánto por una sonrisa que desdibuje tu calma? ¿Cuánto por tu sonrojo? Dime, quiero sonrojarte.
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