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La ciudad del polvo en un pico de águilas / Francisco Fonseca N.

  • Francisco Fonseca

Estamos viviendo los peores días en el gran tema de la absorción de oxígeno para nuestros organismos. Se llama asco, porquería, miasma. Gobiernos han ido y venido desde hace más de 50 años, sí, 50 años, y no han hecho algo para evitar este mal venenoso.

No hay casa, departamento, vivienda, condominio, vecindad, oficina, consultorio, etc., que no esté cubierto de polvo en esta gran Ciudad de México, en el gran Valle de México. Y por si fuera poco también nos afecta y erosiona la contaminación ambiental, llamado también polución, envenenamiento, infición; diríamos destrucción, muerte. Estamos viviendo las jornadas más difíciles de cada año, es decir, los días más contaminados.

Habitualmente esto ocurre desde noviembre y hasta finales de mayo. Se le llama la “época del estiaje”. Llegar a encontrarnos en el extremo de la fase dos es encarar los más duros problemas respiratorios y, por ende, afecciones irreversibles.A mediados de junio se iniciará la temporada formal de lluvias y se limpiará la atmósfera un poco. Pero ya habremos vivido inmersos, por lo menos 6 meses, en la burbuja contaminante.

En varios editoriales he mencionado que en la zona norte del Valle de México yacían más de 33 mil fábricas con más de un millón y medio de trabajadores. Sabido es que los vientos diarios soplan del norte hacia el sur, introduciendo los polvos y porquerías a todo el valle; y fuimos tan inteligentes y planificadores que instalamos estos centros industriales precisamente allí, en el norte, y ahora vivimos en una olla sin salida.

Esta información me la confió hace unos 27 años un servidor público superior: la contaminación no la producían los vehículos automotores en 80 por ciento (como se informó en 1989), sino las fábricas, en un 92 por ciento.

Declaración gruesa, difícil, comprometedora. Sin embargo es cierta. ¿Pruebas? Observe usted como cada Semana Mayor, en la que salen del Distrito Federal por lo menos la mitad de los vehículos, los índices estarán igual que ahora, le arderán los ojos, sentirá reseca la garganta y demás. O sea, que las fábricas siguen arrojando sus humos al aire. Esto significa que sí se puede decretar Un Día sin Auto, pero no Un Día sin Fábrica porque la maquinaria se detiene, y el industrial explotador dirá: Si hoy no abro, no pago. ¿Quién tendrá la culpa: el obrero necesitado, el patrón desalmado o la autoridad condescendiente?

Puedo asegurar que es imposible trasladar, vaya, ni siquiera la décima parte de las fábricas con sus empleados. ¿Adónde se van a ir 5 millones de mexicanos? Más fácil, ¿cuál población puede recibir, de pronto, a 50 mil personas y brindarles vivienda, servicios públicos, escuelas, áreas verdes, comercios, abasto? Ninguna.

Comprendo a las autoridades. Es difícil hablar con la verdad, tener la capacidad, es difícil. Y sobre todo cuando el problema ha sido heredado por décadas.

Creo que la solución está muy lejos de darse.Los mexicanos hemos construido esta ciudad, que hoy es la más grande y extendida del planeta, y la más contaminada. Pero lamentablemente no la ubicamos a la orilla de ríos, lagos o del mar, para con ello disfrutar o permitir que la brisa o el viento se lleve los contaminantes. Estamos orgullosamente situados en un pico de águilas. Vaya.
pacofonn@yahoo.com.mx